Martes, 29 de septiembre de 2020

Marines Viejo

Dicen que la vida no es casualidad, que todo pasa por algo y este verano la vida me ha permitido volver al pueblo de Marines Viejo. Es nuestra segunda visita, pero ésta vez no ha sido una visita tan fugaz como la primera, en esta ocasión hemos estado unos días, aunque pocos, en casa de mis cuñados, Carlos y Marta. Marines Viejo es un pueblo de los que dejan huella, te enamora e hipnotiza, es de esos pueblos que te gustaría tener cerca por la paz y la tranquilidad con los que te envuelve (debido en parte a su situación geográfica). Nada más subir la calle ya estás en plena naturaleza, caminos llenos de acequias, fuentes, abrevaderos, laderas vestidas de almendros, higueras, olivos y pinos. Se trata de un pueblecito de la Sierra Calderona, en Valencia, con una triste y conmovedora historia. En 1957 el pueblo fue arrasado por desprendimientos de rocas de la montaña a causa de las lluvias torrenciales, destruyendo gran parte de las casas y de las vidas de su población. Algunos vecinos se negaron a abandonar el pueblo y otros regresaron tiempo después.

Llegamos por la tarde y ya nos esperaban mis cuñados y Harry, su perro, con una rica barbacoa; la carne y un rico vino es para mí una de las mejores bienvenidas ¡cómo me conoce mi cuñado! Esa noche, cansados, dormimos como niños. A la mañana siguiente y después de un rico desayuno, sin prisas, disfrutando del momento, nos acercamos a la huerta de la familia que está situada en la parte baja del pueblo. Recogimos con gusto un cesto de tomates (de los de verdad), pimientos, pepinos, calabacines, zanahorias,… y como colofón, un camino de zarzas repletas de moras atrapó a mi mujer, algo que no puede evitar desde niña y nos vimos arrastrados con ella. Así la tarde acabó oliendo a mermelada.

Cuando llegamos a casa nos esperaba Marta que, como gran anfitriona valenciana, preparaba una rica paella, de esas cocinadas con los sabores familiares de la infancia, sin prisas y con la sabiduría que da la experiencia, de esas que por mucho que intentes preparar después en casa, no hay manera. Me gustó unirme a la costumbre de poner la paella en medio de la mesa y comer directamente de ella, aunque fiel a mi costumbre de añadirle limón a todo. Fue una comida de lo más agradable compartida con la familia. Después de recobrar fuerzas el lujo de refrescarnos en una piscina única, construida por los vecinos que se asociaron hace ya unos años, pues así es como han levantado el pueblo de nuevo, con sus propios medios, poco a poco. En Valencia el agua es como un caldo caliente, ¡qué diferencia con la de Salamanca! que es meter el pie y te entra un escalofrío por todo el cuerpo, que si tienes hipo te lo quita. Mientras nos bañábamos disfrutamos de un entorno y unas vistas increíbles, montañas, laderas, naturaleza salvaje, incluso hasta el castillo del Real como paisaje.

 Una parte importante de esta familia es Harry, un pastor de beauceron que tienen desde cachorro y ya por la tarde los acompañamos en una de esas salidas que hacen a lo largo del día. El perro nos llevó por caminos guiados por acequias. Fue un paseo tranquilo, con Harry como buen pastor pendiente en todo momento de su rebaño que éramos nosotros, un paseo que ellos disfrutan a diario, pero único para nosotros que no tenemos tan a mano caminos que transmiten tantas sensaciones y con la posibilidad de ir recogiendo lo que te ofrece la naturaleza, en este caso higos y almendras para el postre.         

Como todo en la vida, llega el final y toca ya regresar a Salamanca, y como un niño, no quiero irme. Si hubiese tenido la oportunidad, habría detenido el tiempo, pero las obligaciones nos esperan y la rutina sigue así que toca volver y marcarlo en el calendario para el próximo año.

Todos, en algún momento, deberíamos hacer una escapada de este tipo, a algún lugar en el que los móviles y los ordenadores pasen a otro plano, deberíamos dejarnos atrapar, y disfrutar con ello. Porque probablemente esa sea la Felicidad que muchos de nosotros necesitamos.

Viene a mi cabeza un cuento muy bonito de esos con moraleja que tanto me gustan: un día tres demonios se reunieron para decidir donde podían esconder la llave de la felicidad del ser humano para que nunca la encontraran. Uno de ellos propuso esconderla en el fondo del mar, otro en el pico de la montaña más alta, y el tercero les increpó diciendo: no, no, no, yo sé cuál es el mejor sitio para que nunca la encuentren. Los otros se interesaron con gran interés por ese lugar y él respondió: dentro de sus corazones, porque siempre buscan las soluciones en el exterior, nunca en su interior.

Pues bien, Marines Viejo es uno de esos lugares en los que es más fácil encontrar la llave de la felicidad, uno de esos lugares en los que da igual que mires hacia dentro o hacia fuera, pues puedes llegar a ver lo mismo, un lugar que invita a que miremos hacia dentro y encontremos lo que necesitemos, que no es mucho, pero es todo.