Martes, 23 de julio de 2019

Vuelta de la filosofía

Pocas leyes tan zarandeadas, a lo largo de toda la trayectoria democrática española, como la de educación. Más que de este ámbito de la vida, tan esencial para toda comunidad, para todo país, parece la ley del péndulo, con unas oscilaciones que han traído de cabeza, de continuo, a lo largo de ya varios lustros, a toda la comunidad educativa.

La última de ellas, la vigente, parece que fue como si entrara un elefante en cacharrería, debido a lo que salió, en determinados aspectos, de lo que podría llamarse el sentido común.

Uno de los cristales que rompió, pues no se anduvo con miramiento alguno, fue el de la filosofía, que se dejó, tanto en la educación secundaria, como en el bachillerato, como una asignatura testimonial. Así como el de educación para la ciudadanía, tan asociada a aquella.

Cuando estudiábamos bachillerato, en la década, hoy ya tan mítica, de los sesenta, la asignatura que más nos sorprendió –por lo sorprendente que entonces nos parecía– fue precisamente la filosofía. El cura que nos la explicaba la convertía en una materia abstrusa. No entendíamos nada.

Él, a coro, nos hacía participar, en una suerte de extraño rito de pregunta y respuesta, de solista y coro, cuando decía: “El entendimien…” y contestábamos nosotros: “to”; “y la volun…” seguía él, a lo que contestábamos: “tad”; y remataba: “son dos operaciones del al…” y finalizábamos: “ma.”

Fue casi lo único en claro que sacamos de todo aquel galimatías en que aquel clérigo convertía el pensamiento. Luego vendrían tiempos mejores. En la universidad salmantina, tuvimos un profesor de filosofía, Cirilo Flórez Miguel, que nos explicaba maravillosamente y, lo que es más importante, que nos enseñó a leer filosofía, a través de obras de Platón, Descartes o Nietzsche. Cuánto se lo agradecemos.

Porque ese “crineo” griego, ese juzgar, ese despertar en nosotros la capacidad de juicio, la capacidad crítica es la tarea esencial de la filosofía. Y esa docencia, esa enseñanza es la que resulta tan importante para que los ciudadanos cuenten con un recurso, el de juzgar, el de discernir, tan decisivo para que toda sociedad avance.

De ahí la necesidad de la filosofía, de ahí su decisiva tarea, de ahí que sea una materia que tenga que estar y tener su sitio en los planes educativos, tanto de la educación secundaria, como del bachillerato.

Y lo mismo le pasa a la literatura, que se la han cargado (perdónesenos el coloquialismo) –y de esto no se ha dado cuenta la sociedad– en los planes educativos, desde hace años ya, al unirla con la lengua, cuando antes eran dos asignaturas separadas y el alumnado podía instruirse en ambas, de manera más completa. La literatura, como la filosofía, es decisiva en la formación humanista y humanística de los adolescentes y de los jóvenes.

Prescindir de ambas es abocar a una sociedad deshumanizada, meramente pragmática y sin valores de ningún tipo. De ahí que hayamos de congratularnos de esta rectificación parlamentaria, propiciando ese regreso, tan necesario, de la filosofía a las aulas, cuando, hace pocos años, había sido expulsada de ella.