¡No se puede!

Siempre se ha dicho que la grandeza de un pueblo va directamente unida a la idiosincrasia de sus gentes. Una sociedad instalada en el pasotismo, más pendiente de oponerse al adversario que de unir los aspectos positivos comunes, y propensa a minusvalorar las cualidades propias, olvidándose de tantos antepasados que contribuyeron a escribir señaladas páginas de nuestra historia, está condenada a vivir siempre en la mediocridad. El verdadero ciudadano comprometido debe estar dispuesto a elevar el nivel de reconocimiento de su nación, desde dentro y desde fuera; y para eso hay que comenzar sintiéndose orgulloso de lo propio. Escudarse ahora en un trasnochado progresismo para escatimar respeto y honor a símbolos, personalidades e instituciones, es abogar por una pequeñez de miras o, sencillamente, apuntarse a un populismo empecinado en transformar esta sociedad, buscando un idílico paraíso que, por desgracia, allí donde ha sentado sus reales, siempre ha concluido en miseria y tragedia.

La parada militar que tiene lugar todos los años con ocasión  12 de Octubre, día de la Fiesta Nacional, no es una celebración exclusiva de España. Todos los países, sean democracias o dictaduras, celebran su día de fiesta nacional con una serie de actos entre los que siempre figura un desfile militar. No dudo que alguno, como aviso a navegantes y por aquello de que el miedo guarda la viña, aproveche la ocasión para dejar constancia del verdadero poderío de sus FAS, dirigido a las naciones con las que puedan tener algún litigio. Cada uno enseña lo mejor de su casa porque también es bueno que el ciudadano pueda saber cómo se emplean los fondos que salen de su bolsillo.

Pero, antes de todas esas razones, el desfile del Día de la Fiesta Nacional es una extraordinaria ocasión para acercar el Ejército al pueblo. Una oportunidad para que el ciudadano que asiste al desfile pueda agradecer a sus FAS el esfuerzo y sacrificio que supone la preparación necesaria para asegurar  soberanía e integridad de la Nación.

Por aquello de la globalización y los bloques, ya no se contempla la seguridad de un país como algo exclusivo. Las alianzas favorecen la ayuda y colaboración mutuas para resolver los conflictos de forma conjunta. Ello ha hecho que España, como miembro de la OTAN, participe en maniobras u operaciones de seguridad, dentro y fuera de nuestras fronteras. Para satisfacción y orgullo de todos los españoles, estamos en condiciones de afirmar que las numerosas ocasiones en las que han tomado parte nuestras FAS, han demostrado, dentro de la capacidad que corresponde a nuestras posibilidades, un elevado grado de operatividad y efectividad. Nuestro Ejército ha sido ensalzado en no pocas ocasiones. Los mandos y tropas, cuando han tenido que asumir funciones de la máxima responsabilidad, han dejado el pabellón muy alto. Todo ello debería ser motivo de orgullo para los ciudadanos que tengan los pies en el suelo. Apuntarse ahora a un pacifismo de vía estrecha es querer vivir en la utopía. A veces, da la impresión de que nuestros gobernantes tuvieran complejo de que alguien pueda tacharlos de fascistas si demuestran afabilidad con nuestras FAS. Así que, ¡nada de eso! Si hay que celebrar nuestra Fiesta Nacional, se hace, pero sin demasiadas explicaciones. Si es posible, que no se convierta en un acontecimiento de exaltación de lo español. Mucha gente ignoraba los detalles del desfile de la Castellana. Eso es de fachas y nosotros somos más “progres” que nadie. Cuanta menos publicidad se dé al acto, mejor….. Por esa sencilla razón, cada vez asiste menos público. Precisamente los paraísos soñados por el populismo suelen ser las naciones que mayor porcentaje de PIB dedican a los gastos de defensa.

¿Es que para la izquierda recalcitrante esos ejércitos sí gozan de bula especial? ¿Pueden explotar tranquilamente el negocio de la armas, comprando o vendiendo donde crean oportuno, y los demás, no?¿Por qué nuestros políticos de la nueva escuela no van a predicar su pacifismo de pandereta a esos países? Es mucho más práctico marearles con “métodos contrastados científicamente”, hasta conseguir su total hundimiento económico; pero, eso sí, después de llevarse crudos sus honorarios.

Tenemos la desgracia de disfrutar de un gobierno que se está asomando al precipicio, por mucho que quieran convencernos de lo contrario. El Presidente “fashion” ha cogido tanto gusto al cargo que está dispuesto a tragar carros y carretas si con ello es capaz de aguantar cinco minutos más. Se ha subido al avión y acaparado la agenda, interior y exterior, dejando para otra ocasión las muchas obligaciones  que precisan medidas eficaces que, por supuesto, nunca sean consecuencia de una imposición ajena al partido que debe gobernar. España le importa un pimiento porque si fueran ciertas la décima parte de sus afirmaciones, estaríamos de enhorabuena. Una por una, ha ido traicionando todas sus promesas, empezando por aquello de no pactar nunca con independentistas ni secesionistas, o convocar elecciones antes de los dos meses de mandato. Tan obnubilado está con su engreimiento que ha llegado a firmar un acuerdo con Podemos, que más parece un pacto de gobierno. Su felicidad sería de categoría orgásmica si, con una varita mágica, pudiera levantarse mañana en el Palacio de Oriente, como Presidente de la República, aunque fuera a condición de que Pablo Iglesias ostentara la Presidencia del Gobierno. Pedro Sánchez –lo he dicho otras veces- no es un verdadero socialista, sus ideas ya están más próximas al populismo de Podemos. De otra forma hay situaciones, como las que se citan a continuación, muy difíciles de explicar:

-No se puede confraternizar con quienes, una y otra vez, se declaran enemigos irreconciliables de España, de su Constitución y del Jefe de Estado. La víspera del desfile, no tuvo ningún inconveniente en reunirse con quien había propiciado el hecho más grave de todo su mandato: proponer – y aprobar- al Parlamento de la Generalidad la reprobación del Rey Felipe VI. No sólo toleró tal afrenta sino que se reunió con el instigador de la proposición para vender su honor por un plato de lentejas, y después darle la mano al Monarca –y, por poco, quedarse con ella-.

-No se puede mirar para otro lado cuando los independentistas le chantajean con peticiones imposibles o  profieren verdaderas amenazas al Estado si no se quiere estar fuera de la ley.

-No se puede hipotecar el futuro de próximas generaciones cargándolas con  una pesada losa, fruto de cesiones en cadena ante quienes nada les importa el negro porvenir que a todos nos espera. No es ningún secreto el frenazo de nuestra recuperación y el retraimiento de las inversiones. Y ya, para colmo de cinismo y cobardía, los ministros de Pedro Sánchez, a la salida del Consejo de Ministros, entonan a coro la letanía que han aprendido dentro: el PP es responsable de la fuga de empresas catalanas. ¡Y se quedan tan panchos/as!

-No se puede gobernar en minoría, perjudicando a la mayoría, sin querer pasar por la reválida de las urnas, para permanecer en el cargo en contra de una mayoría de españoles e  intentando bordear la Constitución de forma torticera.

-No se pueden ofrecer, a ciegas, las competencias que el adversario pueda utilizar en contra de la mayoría.

Si otros han levantado su tenderete a base de proclamar a los cuatro vientos aquella consigna de trileros, ¡Sí se puede!, como fórmula mágica capaz de cambiarlo todo, y Pedro Sánchez se la ha comprado, allá él. Lo cierto es que la mayoría de españoles ya está harta de que se les quiera seguir engañando y también se atreven a decir con la misma fuerza: ¡¡¡NO SE PUEDE!!!