Domingo, 25 de agosto de 2019

Cacareando

Cuando en mi ciudad existía un equipo de fútbol de primera y la televisión transmitía alguno de sus partidos, peligroso era celebrar un gol del adversario en el bar donde se amontonaban televidentes, porque el forofismo vocinglero y archiparcial era tal, que al aficionado del equipo contrario y hasta al indiferente, más les valía poner cara de póquer o no salir de casa que hacer el menor gesto de satisfacción por cuanto perjudicase al equipo local. Esto era especialmente molesto para los que, siendo oriundos de la ciudad, estaban en contra del equipo local o se abstenían de jalear sus acciones, pues el nivel de acusaciones, reproches y hasta altivos desprecios de anti(salmantinismo, en este caso) se elevaba tanto que parecía que la libertad del discrepante oriundo constituyese una suerte de imperdonable herejía para los colores futboleros y la horda de fanáticos que se alineaba (y alienaba) con ellos.

Viene esta explicación a cuento porque esa radicalidad insensata y acrítica del forofismo de masas, que se basa solo en un dato involuntario del Registro Civil (“ser” de aquí o de allá), se está reproduciendo como forofismo españolista de tipo político (y de comportamiento), al que se está animando –exigiendo, desde ciertos partidos e instituciones- a los españoles de cualquier rincón de la piel de toro, suministrándoles un nacionalismo de bandería y estéril orgullo, gritón, grosero y un punto ridículo, acrítico y ¡monárquico! -por tanto servil y sumiso en lo personal y caduco y antidemocrático en lo político-. Con radical núcleo anticatalanista, este nuevo evangelio de las esencias extiende sus manifestaciones de menosprecio en forma de odio y vilipendio a lo catalán, condición al parecer inseparable de esa moderna militancia española en el “amor a la patria”. En el ritual de esa inquina contra los políticos nacionalistas catalanes, sus símbolos, costumbres, lengua o identidad, que se predica desde las tribunas de influencia en cualquier rincón del resto de España, no falta la recriminación al moderado, la acusación al indiferente o el “destierro interior” (está pasando), el ninguneo y la mordaza  social al catalanista no catalán, acusado de no ser forofo de la algarada y de negarse a ondear banderas de desprecio.

Tanto se ha escrito desde “el resto de España” –y desde los coros del nacionalismo catalán- en contra y a favor del proyecto nacionalista y de sus mentores y adversarios; tanto se ha teorizado –un decir- sobre el sí y el no, el derecho y su contrario, el revés y los anversos de lo posible y lo imposible, que se ha llegado a crear una especie de campo de batalla político y mediático permanente en el que, sin embargo, brilla por su ausencia la verdadera altura intelectual y el conocimiento profundo de la materia de que se trata. Convertida la discrepancia en patio de vecindad pedestre y vocinglero, conceptos profundos como las diferentes teorías políticas de lo que es y define a una comunidad social en su contenido y su identidad, se pasan por alto. La ignorancia supina de la Teoría del Estado y la historia fundamentada de los nacionalismos y sus modalidades, procesos y circunstancias, ni asoman a esa bronca de gritones en que se ha convertido el “tema catalán”. La ausencia de discusión sobre textos ya clásicos e investigaciones relacionados, como las sociedades abiertas o los brillantes estudios y trabajos de filosofía política que a lo largo de la historia del pensamiento han definido los Estados-nación o las naciones sin estado, las supranacionalidades, las diferentes posibilidades de estructura política de las naciones, los países, las comunidades, los estados, las federaciones o los procesos de integración, independencia o asociaciones de diverso tipo, que más allá del interés electoralista podrían dar pautas valiosas (y hasta escarmientos) en una discusión a la altura que precisa el tema, ni se tienen en cuenta en este pimpampúm que extenúa hasta la ceguera y que solo ha creado forofos que en ambas partes velan cada día las armas del esperpento.

Que los interlocutores de cualquier diálogo conozcan en profundidad el tema de que tratan, parece una exigencia tan lógica como que en cualquier mesa de discusión se eliminen los apriorismos, las líneas rojas y las injerencias externas. Que no se produzcan chantajes que influyan en la negociación, como la utilización y manipulación de las masas en la calle o las banderas al viento, ni el condicionamiento mental y el engaño en la percepción de la realidad por la ciudadanía para aumentar la presión negociadora, es capital en la limpieza de todo proceso de diálogo. Además, en el caso concreto del proyecto nacionalista catalán, no sobraría que sus defensores y sus adversarios volvieran a leer (si alguna vez lo hicieron, que parece que no) a autores como Eric Hobsbawn, Ernest Gellner, Gil Delannoi o Isaiah Berlin. Y cacarear un poco menos.