Jueves, 18 de octubre de 2018

Los toros en tiempo de J. A. Michener

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(Foto de Robert Vavra, en el libro de Michener)

 

Esos años, los cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado, fueron quizá la época más popular de los toros, pero no solo en España. (Ver mi artículo anterior, “La Salamanca de James A. Michener”). Este señala que había entonces cuatro matadores norteamericanos, uno de ellos judío (¿sefardí?), aunque extrañamente no habla de Barnaby Conrad, “el niño de California”, que toreó en España, México y Suramérica. (Sólo lo menciona como autor de un libro correcto sobre la fiesta; pero Conrad también escribió la novela Matador, de la que se vendieron tres millones de ejemplares en 28 idiomas, un artículo en la Enciclopedia Británica, aún vigente, y una obra de referencia del toreo en inglés más o menos paralela a la de José María de Cossío en España. Rara avis: un torero intelectual).

En el libro de Michener, un tocho de casi mil páginas, hay un capítulo sobre los toros que en buena medida puede asimilarse al de Salamanca, aunque el autor cree que son los astados andaluces, y especialmente los miuras, los que dan mejor resultado en el ruedo,  especialmente a la hora de llevarse al torero por delante (por eso los evitaban las grandes figuras). El autor es de los que ven un “arte” en este espectáculo sangriento, al que seguía acudiendo en España y México a pesar de que el 80 por ciento de las corridas le habían aburrido y de que el ambiente que rodea a la fiesta le parecía “totalmente corrupto”, de modo que en él “la única figura honorable es el toro.” (Habla de cuernos afeitados, de comentaristas de prensa vendidos, de reventa masiva de entradas, etc.). Por lo demás, también toma en consideración la opinión de los españoles y extranjeros para los que la fiesta taurina es un espectáculo vergonzoso y recuerda cómo el gobierno prohibió durante un tiempo las corridas televisadas y el acceso de menores a las plazas allá por 1966. En ese momento el fútbol ya empezaba a ser una gran competencia a los toros como espectáculo de masas en España.

A pesar de todo, Michener habla de una “creciente popularidad” del toreo, sin duda cierta en ese momento y  tanto más evidente a la vista de su ininterrumpido declive posterior (el autor documenta 599 corridas para 1966, en una España de 32 millones de habitantes; hoy, con 46, no llegan a 400 corridas de ese tipo). Esa popularidad de los toros en los años en el desarrollismo se debe a varios factores, en mi opinión: el aburrimiento general de la vida pública, la frecuentación masiva de bares y cafés y la presencia en ellos de las primeras televisiones (B/N y 21”). En ese ambiente se ofrecía un espectáculo doble: el de la tele y el de los 40 o 50 parroquianos que lo veían, coreando los lances y discutiendo sobre la excelencia torera a voces, como suele ocurrir en los espacios públicos españoles: que si Ordóñez o Dominguín; que si Paco Camino o Jaime Ostos, que si El Viti –por el que Michener muestra cierta inclinación– o El Cordobés, entonces el más activo y heterodoxo.

Sin duda, otro factor fue el franquismo, que fomentó este espectáculo, como clásica dictadura  necesitada de “pan y circo” para distraer a las masas. Los primates del régimen no olvidaban cómo tanto los toreros como los ganaderos terratenientes habían apoyado con fervor y escasas excepciones al Movimiento Nacional. No es casualidad, en este sentido, que en medio de las dehesas del campo charro se hallen a tiro de piedra la finca del atrabiliario capitán Aguilera, domador de los corresponsales extranjeros durante la guerra, la de Pedro Llen, sede de la fracasada academia de oficiales de Falange, y la de un Pérez Tabernero donde los generales fascistas sublevados eligieron a Franco “Caudillo de España”. (Es sabido que después de esa decisión el ganadero les invitó a comer. No sabemos si en el menú había rabo de toro; lo que sí había era bastante sangre y sacrificio en perspectiva.) Como dice Michener, la victoria de Franco dio a la “fiesta nacional” un respiro, que quizá no hubiera tenido de haber seguido la República, ya que “la fiesta de toros es esencialmente una operación reaccionaria dependiente de amplias zonas de tierra no cultivada y de un sistema feudal”.

Como vemos, este perspicaz viajero, a diferencia de otros, no solo atendía a lo que ocurría en los ruedos.