Jueves, 13 de diciembre de 2018

Contra la pena de muerte

Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”

Francisco, (E.G, 53)

 

“Por motivos humanitarios, ningún Estado puede tener el derecho a disponer por medio de esta pena de la vida de sus ciudadanos. Por el contrario, la primacía de la absoluta protección de la vida exige a una comunidad basada en el Derecho, precisamente a través de la renuncia a la pena de muerte, que se refuerce la intangibilidad de la vida humana como valor supremo. Por lo demás, parece ineludible exigir que se nos defienda por anticipado del peligro de la mala utilización de la pena capital confirmando su inadmisibilidad sin excepciones. Nunca se pueden excluir decisiones erróneas. La organización estatal de la ejecución de una pena de muerte es atendiendo al ideal de la dignidad humana, una empresa de lo más inadmisible e insoportable”.

Tribunal federal alemán, 1995

Cada día en el mundo es ejecutada una persona, a veces por delitos graves, pero otras veces por actos que ni siquiera deberían estar castigados. En algunos países pueden condenar a muerte por relaciones sexuales consentidas fuera del matrimonio, por tráfico de drogas, por oponerse al gobierno de turno, por ofender o abandonar la religión o por tu condición sexual. La pena de muerte es un fracaso para las sociedades, no hace justicia, fomenta la venganza y es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y la dignidad de la persona.

Cada 10 de octubre se celebra el Día Mundial contra la Pena de Muerte, en su 16 aniversario, tiene como objetivo sensibilizar a la opinión pública sobre las condiciones de vida inhumanas de las personas condenadas a muerte. La mayoría de los condenados, antes de ser ejecutados, permanecen encarcelados durante años en el "corredor de la muerte". Sin saber cuando llegará su hora, ni cuando podrán volver a ver a sus familiares antes de morir.

En muchas cárceles asiáticas y africanas los reclusos están hacinados, con prácticas que tienden a deshumanizar y a quitarles la dignidad a las personas. Muchos de ellos parecen estar muertos antes de la ejecución, no se les considera seres humanos, sin contacto con sus familiares o con los abogados. Esta inhumanidad y degradación que son sometidos los condenados a muerte, afecta también a sus familiares y personas cercanas, fomentando una cultura de la violencia y la exclusión.

Al menos se registraron 993 ejecuciones en 23 países en el 2017, una cifra que supone un descenso de al menos un 4% respecto al año anterior, según el Informe de Amnistía Internacional. Resalta los grandes avances que se están dando el África Subsahariana en la lucha por abolir la pena de muerte, con un considerable descenso en el número de condenas a muerte en toda la región.

La mayor parte de las ejecuciones tuvieron lugar en China, siendo el mayor ejecutor del mundo, seguido de Irán, Arabia Saudí, Irak y Pakistán. En la mayor parte de los países ejecutores, según el informe, los procedimientos judiciales no cumplían las normas internacionales sobre juicios justos. Muchas de las confesiones de los reos se obtienen mediante malos tratos o torturas, lo que hace alimentar el ciclo de violencia y la inhumanidad del proceso y la pena capital.

Todavía queda mucho camino por delante para que la pena de muerte quede abolida, a pesar de la mejora de los datos, el informe muestra que queda mucho por hacer. Todavía numerosos países siguen teniendo en sus códigos y en la práctica, la pena de muerte sin restricciones, aunque a finales de 2017, se tenía constancia de que había al menos 21.919 personas condenadas a muerte.

Los derechos de la persona han constituido uno de los focos de la lucha por el derecho, de la lucha por la libertad, la justicia y la dignidad humana. Ese respeto a la dignidad humana se exige a las personas, las comunidades y los Estados. Dentro de los derechos hay uno básico, primario, ontológico, que es el derecho a la vida, sobre el que se construye los diferentes valores de su existencia. El derecho a la vida es un derecho de cada persona, de cada individuo, que implica no solamente la abstención de matar y torturar, también ayudar a vivir con plenitud al ser humano. Tiene mucho que ver con encargarse del hambriento, del anciano, del emigrante, del refugiado, del necesitado.

Muchas razones y argumentos niegan la pena de muerte. No solo niegan los derechos humanos, es irreversible cuando se cometen errores y se han cometido muchos. No disuade contra el crimen, la pena máxima jamás ha disuadido a determinados hombres de ofender a la sociedad. En muchos países los sistemas de justicia están sesgados o son corruptos, juzgando en situaciones poco claras y utilizando la tortura. Los críticos contra la pena de muerte vienen repitiendo que no hay ricos en el corredor de la muerte, está reservado para los más pobres de la sociedad. Las autoridades de algunos países usan la pena de muerte para castigar a los opositores políticos.

La fuerza de la razón, y no las razones de la fuerza, se opone a la cultura de la muerte, el derecho a la vida no puede ponerse en discusión, simplemente hay que defenderlo y las sociedades tienen medios para realizar la tutela social y la defensa del derecho. El ser humano está constituido como un fin en sí mismo que nadie puede manipular. Es el único ser del universo que se orienta hacia la justicia, no puede traicionar sus propias elementos constituyentes y existenciales, matar es conculcar el derecho fundamental a la vida. Más de dos tercios de los Estados del mundo han optado por abolirla, esperemos que todos los gobiernos hagan lo mismo y que sea la fuerza de la dignidad el único camino como defensa de la vida.