Martes, 23 de octubre de 2018

Éxodo (II)

“La guerra entre naciones conlleva a la desgracia, pero la guerra civil de una nación produce ruina por cuanto divide familias y amigos. La paz posterior a la guerra civil es frágil producto del odio y la sed de venganza de sus participantes”

(Jorge González Moore)

EXODO (II)


La llegada de emigrantes mayoritariamente españoles y portugueses a las estaciones centroeuropeas era un espectáculo al que no se puede asistir   indiferente. Sea de modo individual o en pequeños grupos, sea en expediciones, la sensación que producían los hombres de aspecto campesino, con equipajes voluminosos, muchas veces con pintorescas provisiones alimenticias, en una mezcla de indefensión y fatalismo, de seguir el destino. La mano de obra a la búsqueda del amo.

Y allí estaban, alguna vez las asistencias sociales se esforzaban en repartir una sonrisa, una somera información, una taza de café caliente. Otras, las más, el desconcierto más total sumado al desconocimiento del idioma, funcionarios que les interrogan severamente, aduaneros que les confiscan embutidos y licores, revisiones médicas, papeles que se les piden y no tienen, o no saben si tienen y cuáles son. De la estación se  pasaba a las empresas, si es que el centro de trabajo se ha comprometido a suministrar alojamiento. Si es este el caso, la impresión que recibía el recién llegado emigrante no es mejor que la de la estación. Lo más probable es que fuera a parar a una residencia en una vieja casa, a barracones de aire provisional, pero que fueron construidos hace bastantes años, o, en el mejor de los casos, a residencias de aire espartano. La precariedad, el hacinamiento, la falta de confort y de calor humano suelen ser características definitorias de los atributos de tales viviendas. Una vez instalado allí -y tras las amargas reflexiones que indefectiblemente debía provocar el verse embarcado en esa aventura-, ya estaba  dispuesto para a lo sumo veinticuatro horas más tarde, ponerse a trabajar.

El éxodo la emigración y anteriormente el exilio  ha sido puramente un mercado salvaje  entre dos tipos de economías capitalistas que intentan salir a flote, la una echando gente, y, la otra, cogiéndola, sin tener nada más en cuenta que esa venta, ese intercambio de gente. Constituía una compra y venta de un país a otro, no teniendo en cuenta en absoluto que se trataba de  personas, de trabajadores, sino que lo único que interesaba  es que el capital tiene que obtener el máximo beneficio y la máxima garantía. En España dieron una solución fácil fomentando la emigración y nos exportaron.

Es complejo conocer el volumen de la emigración irregular ya que hasta los años 60 no hubo ningún registro detallado de las salidas y entradas de españoles a Europa. Al sumar los datos oficiales con los de los países receptores, se demuestra que de 1960 a 1969, la tasa media de salidas sin contrato era del 51,5% de los emigrantes, cifra que no controlaba la administración española. Además, la cantidad de emigrantes registrada por España era sensiblemente inferior a la que ofrecían los Estados de acogida.

A pesar de todo, la mayoría de los que salieron consiguieron su objetivo: ahorraron y enviaron unas divisas a España fundamentales para el desarrollo económico español. Sin embargo, este enorme esfuerzo ha pasado desapercibido en España, donde se tiene una visión estereotipada y casi folclórica del emigrante, ni se le ha dedicado la atención ni el cariño que hubiera merecido. No lo hicieron allí. Tampoco lo hemos hecho aquí.

 

                Fermín González salamancartvaldia.es               blog taurinerias