Miércoles, 12 de agosto de 2020

Largarse de casa

El día ha sido agotador. El pequeño no fue al colegio porque había vomitado varias veces durante la noche. La mediana olvidó el bañador y tuvo que salir deprisa a la piscina cuando recibió el mensaje agónico de ayuda porque perder la clase de natación ese día de pruebas le supondría un suspenso. La mayor le había encargado que fuera al museo a comprar un par de litografías que necesitaría para completar su trabajo escolar. Al mediodía, su padre, desde la residencia, le echó la consabida bronca porque, según él, hacía más de diez días que no lo visitaba, cuando, en realidad había estado el lunes y hoy era jueves. Por la tarde, al salir del colegio llevó a una de las niñas al baloncesto y en seguida a la otra a piano. Llovía y hacía frío. El pequeño quiso ser partícipe del aventón, pero no dejó de protestar en todo el rato en que hizo la compra mientras las niñas estaban en sus tareas. Todo fue un auténtico calvario.

Hay días penosos, aunque sabe que, en el fondo, todos son iguales. Jornadas duras que no permiten pararse a pensar, apenas dedicar unas horas agrias para hacer algo del trabajo mecánico, insustancial, y que no requiera ni un ápice de atención: responder mensajes, hacer listados, anotar incumplimientos. Es la manera de satisfacer la obligación laboral por la que recibe un sueldo con el que llegar a fin de mes. Aun así, es consciente de que está lejos de desempeñar el oficio como quisiera y en función de las exigencias del entorno profesional. Sabe que no va a tener promoción alguna y que solo el chollo de haber encontrado ese tipo de laburo garantiza su estabilidad. El curro no es substancial en su vida, que hoy enmarca en la foto que le ha mandado su hermana de una vecina del bloque de enfrente yaciendo en la calle cubierta con un paño rojo tras haberse lanzado al vacío desde un noveno piso.

Es consciente del universo en que viven los niños. De los caprichos insoportables del pequeño convertido en un principito, de los problemas de hiperactividad que padece le mediana, de la permanente desidia de la mayor. Sabe del mundo competitivo donde se mueven porque las reuniones del colegio a las que nunca deja de asistir son insistentemente reveladoras. Siempre hay que hacer más actividades extraescolares, inscribirse a cursos novedosos, a campamentos de verano. Pero no le llega el tiempo, ni las fuerzas, incluso el dinero escasea. Quiere estar a la altura, que por ella no quede, hacer como hicieron con ella sus mayores, aunque fueran otros tiempos. Sin embargo, un recuerdo vago ha comenzado a fustigar su ansiedad. Se ve de adolescente en una imagen borrosa que ahora se superpone con la de sus hijos. Si ella no cejaba de pensar en salir cuanto antes de aquel infierno largándose de casa, ahora entiende qué pasa por la cabeza de las mayores cuando a veces la miran en silencio.