Lunes, 18 de noviembre de 2019

Un secreto de un amor feliz

 

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Mientras hojeaba sus “dossier” matrimoniales, el diablo observó con enojo que todavía quedaba una pareja, sobre la tierra, que vivía de amor y en concordia. Decide hacer una inspección. Se trata­ba en realidad de una pareja común; sin embargo, emanaba tanto amor que alrededor de ella parecía que fuese una eterna primavera. El diablo quiso conocer el secreto de aquel amor.

— No hay ningún secreto —le explicaron los dos—. Vivimos nuestro amor como una compe­tencia: cuando uno de los dos se equivoca, el otro asume la culpa; cuando uno de los dos obra bien el otro recibe las alabanzas, cuando uno de los dos sufre, el otro recibe el consuelo; cuando uno de los dos se alegra, el otro se complace. En fin, competi­mos siempre a ver quién llega antes.

Al diablo le pareció esto tonto. Y por eso pue­den todavía existir parejas felices en la tierra (Dino Simplici).

No hay duda de que existen parejas felices en la tierra, donde cada uno trata de hacer todo el bien posible al otro, parejas que mantienen como valores válidos la fidelidad, el mutuo aprecio, la compren­sión, tolerancia, y tratan de vivir el ideal de Jesús de Nazaret. Sin embargo, hay signos preocupantes en nuestra sociedad que atentan contra la familia cris­tiana: la creciente demanda de una libertad sexual sin límites, el aumento de madres solteras, la dismi­nución del número de hijos. El hedonismo, el rela­tivismo y la indiferencia religiosa, tratan de corroer el matrimonio.

La convivencia bajo el mismo techo no es fácil, se necesita mucho tiempo de reajuste, adaptación, comprensión y mucho derroche de amor. Los pri­meros años de la vida matrimonial son importantes, porque en ellos se inicia y se consolida la comunica­ción en la pareja; surgen lo que en psicología se lla­ma “patrones de comportamiento”. En 1981, el 26% de las demandas de divorcio en U.S.A. estaban for­muladas en los dos primeros años de matrimonio. Y es que algo no marcha en nuestros matrimonios: nacen las sospechas, desconfianzas y los celos.

Es necesario aprender a comunicarse para poder decir de veras lo que se siente y poder escuchar al otro desinteresadamente. Los psicólogos nos hablan de que en toda convivencia suelen darse estos dos fenómenos grupales: zonas de cerrazón y capas de filtración. Puede ocurrir que nuestra relación con el otro dependa de una relación imaginaria, no real, sino falsificada o distorsionada. A falta de una bue­na comunicación surge el distanciamiento, bien sea éste rápido o lento.

En cualquier relación humana surgen los con­flictos con frecuencia; pero lo importante es lograr que éstos no destruyan el amor de las personas, sino que lo purifiquen y acrecienten.

La verdad, normalmente, no está de parte de una persona. Puede ocurrir que, cuando se entabla una discusión, la razón puedan tenerla las dos personas, pues cada una lo ve desde un punto de vista.

El P. Mateo Andrés nos habla de que al entrar en conflicto con otro podemos tomar una de estas posiciones fundamentales:

— me impongo al otro;

— me retiro ante el otro;

— dialogo con el otro.

La persona que dialoga toma en cuenta al otro a nivel verbal y a nivel existencial.

A nivel verbal, expone su punto de vista, sin impo­nerlo y escucha el punto de vista ajeno, sin anularse emocionalmente.

A nivel existencial no se da a sí mismo toda la razón, concede parte de la razón al otro y admite al otro tal como es.

La persona dialogal ni trata de imponerse a toda costa, ni se retira, haciéndose la víctima, abando­nando la pelea.

La acogida acerca, ablanda, y encuentra solucio­nes. Cuando se rechaza al otro, lo alejamos, lo endu­recemos en su postura y no se encuentran luces que lleven a un acuerdo. En el momento en que soy capaz de acoger al otro, dice Rogers, es el otro el que se transforma y a su vez se vuelve acogedor y comprensivo para con los demás.

El comprender y amar a los demás conlleva a ser atento para sus gustos, preocupaciones, proyectos. ¡Cuántos detalles se escapan por caer en la eterna rutina y en el despiste!

No existen, pues, soluciones mágicas ni milagro­sas. En el amor los resultados son lentos y a largo plazo, aunque, también es verdad, cuando hay una verdadera entrega hay una transformación rápida y profunda. Pero el amor es paciente y con pacien­cia tienen que vivir los que se han comprometido a caminar en el amor.

El amor exige, sobre todo vivir los pequeños deta­lles de la vida diaria, en el pensamiento, sentimien­to y actividad.

“La familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor”. El Con­cilio Vaticano II utiliza la expresión “íntima comu­nidad de vida y amor conyugal” para designar al matrimonio. El amor es el motor de toda comunión y el único ambiente adecuado, para que la familia pueda “vivir, crecer y perfeccionarse como comuni­dad de personas”.

Para que haya una comunidad de amor hay que vivir el amor como una competencia donde haya disculpas por los fallos y se prodiguen alabanzas por las buenas obras. Es una de las mejores mane­ras de promover la comunicación y así ser “una pareja feliz”.