Jueves, 12 de diciembre de 2019

Cada sol repetido

Preguntas si he perdido el tiempo a la hora en la que el sol todavía. Me preguntas por la palabra perder, también por la palabra tiempo, y yo quiero saber qué significan. Sí. Sabemos que las horas nos envuelven desde que somos cigotos y que ellos, los cigotos, están envejeciendo mientras les salen los bracitos, la cabeza con forma de rana. También a ellos el tiempo les hace las cuentas, deben esperar tantas semanas para estar completos y evitar nacer antes —sin pulmones, por ejemplo— pues por fuera del vientre de su madre, los pulmones hacen falta. Me preguntas, otra vez, con insistencia, si he perdido el tiempo, qué he hecho en este espacio del currículum, qué he hecho hoy, entre las tres y las cuatro, cuando estuve mirando a un perrito chapotear en el agua.

Miras el reloj, me dices «tengo prisa: en tres minutos entrará alguien por esa puerta» y la señalas, pero yo todavía estoy pensando en la palabra perder. He perdido el tiempo en esta esquina del folio en donde ya no constan las muchas semanas que necesita una persona para darse a luz a sí misma cada vez que se le rompen las alas. Alguien irrumpe, en sincronía con el silbido que anuncia la pausa. Es un hombre pequeñito con un bombín en la cabeza y los zapatos grandes, puntudos hacia arriba, como de payaso. Pone la bandeja encima de la mesa y me saluda, se quita el sombrero, me pregunta si estoy preparada para recibir una dosis de su magia. Cuando le digo que sí, el hombre sacude su bombín y de allí empiezan a salir mariposas, azules, tornasoladas. Después, el hombre me guiña un ojo y las mariposas se diluyen con el sonido de la alarma que anuncia el final del receso, esos cinco minutos exactos.

Relees mis papeles y encuentras otro agujero. «Aquí», dices mientras señalas una fecha en blanco, qué hubo en tu vida de estos meses, y titubeo una respuesta que no escuchas mientras encuentro, por fin, en mi memoria, el pinchazo de la palabra perder: significa el suelo cuando el suelo se te rompe y empiezas a caminar en el vacío por causa de un dolor tan terrible, cuando pierdes, por ejemplo, el abrazo de alguien a quien amas, la certeza de un cordón umbilical, y el tiempo se derrite mientras lees las sombras en el techo.

Eso es todo por hoy, afirmas, tajante. Levantas de la silla tu cuerpo rascacielos y me extiendes una mano con sus filos diciendo que ya se pondrán en contacto conmigo y que gracias por la visita. Afuera me espera el hombre del bombín. Me hace un gesto para que lo siga pero no le hago caso porque empiezo a correr de prisa, muy de prisa, sobre un empedrado de rectángulos negros y blancos, muy de prisa pues me estoy convirtiendo en una figura de madera, en un alfil o en una torre, que solo puede moverse en línea recta. Dejadme salir, susurro. Dejadme salir, quiero volver a comer sandías permitiendo que las gotas me caigan, fresquitas, encima de los pies descalzos. Dejadme salir, imploro, delante de una reja cerrada.

(Cuando estés en el abismo recuerda cómo entraste. Intenta volver sobre tus pasos y, una vez que estés allí, inventa un camino distinto). Había una vez una niña leyendo, a la caída de la tarde, un soneto que decía: «qué presurosa corre y qué secreta / a su fin nuestra edad». La tarde se volvió noche y, cuando el sol se hundió detrás de las montañas, el soneto empezó a gritar «cada sol repetido es un cometa», la niña soltó el libro, compró un reloj, descubrió la prisa. Esa era la clave de mi encierro, ese era mi abracadabra. «He vivido el tiempo», dije, y se abrió de par en par aquella puerta. Afuera me esperaban el cachorro, el río, el bombín (solo el bombín), la fuente de las mariposas. He vivido el tiempo memorizando el color de los atardeceres porque sé que son irrepetibles y decido que no quiero que se me olvide ninguno.

La reja se cerró con insistencia de alarma. Mi despertador anunciaba, robusto, su cacareo de seis de la mañana. «Cada sol repetido», me dije, mientras abría los ojos con una resolución apoyada entre los párpados. Hoy respiraría con calma, memorizaría los rosados de la aurora, buscaría el viejo libro de sonetos y pondría a calentar el agua para el té. Me levanté sonriendo. Allí, sobre la alfombra, mi bombín parecía una boca abierta y cantaba, cantaba.

Salamanca, 5 de octubre de 2018