¡Teo, hasta siempre!

 

Sé que mañana ya no estarás aquí y me quiebra el alma saberlo, a pesar de saber que  es lo que tú has decidido. Quince años hace ya que llegaste a nuestras vidas, que apareciste una tarde- noche de enero, frágil, enfermo y con 700 gramos de peso. Tu entrada en nuestras vidas las cambió, trayendo alegría, compañía, felicidad infinita…, ¡te debemos tanto Teo!

Desde niña quise tener un perro, mi abuelo me lo prometió…mis padres lo aplazaron, éramos cuatro hermanos y cuando un perro llegase a mi vida debía ser responsable de él, y te esperé hasta que apareciste porque sólo podías ser tú. Cuando nos conocimos fue amor a primera vista, te tomé entre mis manos y te refugiaste en mi pecho, ¡eras tan diminuto y tan, tan bonito! Y nos fuimos juntos a casa, casi no podías sostenerte, estabas malito y hubo que cuidarte noche y día, ¿lo recuerdas? Jamás olvidaré tus quejidos arropado en mi cuerpo, los dos en la cama que tantas noches compartimos.

Has decidido que hasta aquí has llegado, y ya no comes, ni bebes, ni quieres medicación alguna…y vamos a respetar tu voluntad, porque es lo único que se puede hacer con quien te ha dado siempre todo, y más. Has sido mi mejor amigo, mi refugio, mi alegría, el hombro en el que he llorado, con quien he compartido pensamientos y dudas, has sido el compañero más fiel de mi vida. No recuerdo ocasión en que no hayas estado muy por encima de la altura, siempre vigilante, siempre cariñoso, siempre tú. Te quiero como no pensé que se pudiera llegar a querer, te admiro profundamente y te miro, ya en las últimas horas, sosteniendo ese señorial porte que te ha acompañado toda tu vida, con valentía, con la entereza que me gustaría tener el día en que me llegue la hora.

Me está costando definir esta relación tuya y mía, tan única, tan especial. Has compartido los momentos cruciales de mi vida, viviste mi primer gran amor, mi primer desengaño, la toma de las decisiones importantes, has estado en todos los momentos de mi vida que entiendo trascendentes y en todos, en todos ellos, he recurrido a ti, a esa calma que me das, a ese refugio que es mirarte y verme mucho más joven y más inocente, cuando el paso de los años y las experiencias no habían aún desgastado mi inocencia y mantenía intactas las ilusiones y esperanzas de la adolescencia.

Contigo he aprendido lo que es el amor incondicional, sé que me quieres y que me has querido sin esperar nada a cambio, que has esperado los regresos de mis viajes, que has olvidado mis ausencias, que me has cuidado cuando estaba enferma y hasta has vivido para conocer a mi hija. Sé que estás agotado, que ha sido un viaje maravilloso pero ya se te hace largo, soy consciente de la inmensa suerte que he tenido porque hayas sido parte de mi vida y por haber aprendido de ti lo que es la amistad, la lealtad y la fidelidad.

Le hablaré de ti a Ángela, le contaré nuestras aventuras, nuestras noches, nuestros reencuentros, le intentaré mostrar cuánto se puede amar a los animales y le explicaré, mi querido amigo, que tú fuiste el sueño de mi infancia. Mañana partirás y yo, que te quiero, te acompañaré, dejándote marchar y consciente (muy a mi pesar) de que contigo se va esa parte de mí que por desgracia ha ido desapareciendo por el camino. Eso sí, te prometo que intentaré, cuando piense en ti y me duela tu ausencia, mirar el mundo con el brillo de aquellos ojos que te miraron por primera vez, recién cumplidos los veintiuno.

Buen viaje, mi chiquitín, que como todos los perros van al cielo, allí sé que nos volveremos a encontrar. Hasta el reencuentro, te querré siempre.

Marta