Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Días de Premios Nobel

Los premios constituyen, también, otro de los universales de nuestra especie. No hay sociedad que no tenga premios. Desde las antiguas a las actuales, en toda comunidad humana, el elemento de los estímulos –en todas las etapas de la vida– constituye un aliciente para seguir viviendo.

Los premios se mueven entre el reconocimiento y la vanidad, entre la justicia y la injusticia, entre la pertinencia y la impertinencia, según a quién se concedan. Forman parte de ese ‘cursus honorum’ que adorna no pocos currículos. No todos son adecuados. Los hay que se otorgan con todo merecimiento, frente a otros que son buscados, por mil métodos que se utilizan para ello

Frente a las alharacas de los premios y de quienes los buscan, está esa otra actitud humana de quienes los rehúyen y los evitan –una actitud, si queremos, ascética, o sobria, que supone un modo de estar en el mundo– e incluso la de quienes, cuando se los dan, los rechazan. Esta última actitud puede estar muy bien representada o ejemplificada por el gran poeta portugués Herberto Helder, que llevó siempre, en toda su madurez, una vida retirada, sobria y humilde, y que, sin embargo rechazó todos los más importantes premios que le fueron concedidos en el ámbito portugués.

Jean-Paul Sartre rechazó asimismo, en su momento, 1964, el Premio Nobel de Literatura, por otras razones. Mientras que el gran poeta y narrador ruso Boris Pasternak, al que se le otorgara en 1958, tuvo que rechazarlo, en pleno estalinismo, por ser obligado a ello por la dictadura soviética.

Porque los premios encierran toda una casuística que daría para más de un libro, incluso los prestigiosísimos Premios Nobel, en cualesquiera de las disciplinas en que se conceden, que son varias y de gran repercusión internacional.

Ahora, cuando llega este tiempo, cuando octubre nos va llevando por los surcos otoñales, los medios de comunicación nos van dando, día tras día, las noticias de los nuevos galardonados con el Premio Nobel de la especialidad de que se trate. No cabe duda de que estos premios son los que más prestigio internacional han adquirido. Y, como todos los premios, tienen grandes aciertos, así como errores clamorosos.

Entre estos últimos, uno relacionado con nuestra literatura: en 1904 se le otorga a un dramaturgo del montón, José Echegaray, mientras que no se le da a Benito Pérez Galdós, porque, en aquel momento, se consultaba a instituciones del país del que iba a ser galardonado y, respecto a Galdós, progresista y con visiones avanzadas de la vida, alguna institución española dijo que ni hablar.

Y, si nos fuéramos al Premio Nobel de la Paz, aquí sí que determinados nombres de galardonados, tan poco dados a pacifismo de ningún tipo, llaman poderosamente la atención. Recuerdo que, cuando en los inicios de los años noventa del siglo pasado, participaba en los Cursos de Verano del Escorial, de la Universidad Complutense, donde fuera secretario de algún curso de poesía, en el comedor coincidía con el argentino Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980; tuve la ocasión de charlar no pocas veces con él y percibí enseguida que ese líder de los derechos humanos y de las luchas pacifistas en su país contra la dictadura sí que se lo merecía plenamente; era un hombre humilde y discreto, al tiempo que abierto y generoso.

Los premios. Cuánto se ha dicho y se podría seguir diciendo sobre ellos. Estos días de otoño, pese al escándalo debido al cual no se otorgará el Nobel de Literatura, acaso siempre el más esperado, siempre un jueves de octubre, los medios de comunicación –como si fueran hojas caídas del árbol de los galardones– nos van transmitiendo las noticias de los Nobel en otras diversas materias. A ver qué sorpresa nos llevamos con el de la Paz.