Jueves, 13 de agosto de 2020

La Salamanca de James A. Michener

Se movió por casi toda España a mediados de los años sesenta, impulsado por un espíritu de caminante curioso. También viajó por Alaska, el Caribe, Polonia y el Pacífico sur. De sus observaciones itinerantes, de la conversación y del estudio de la historia resulta un libro brillante, crítico con los tópicos al uso –aunque no escapa del todo a ellos–, del que el New York Times dice: “desde las glorias de El Prado a las más solitarias aldeas de piedra, aquí está España, castillo de viejos sueños y nuevas realidades”.

El NYT daba en el clavo al señalar el aspecto central  del libro, que registra el contraste entre la España tradicional, aislada y agraria, aún reinante entonces en buena parte del interior, –en lo que obras recientes llaman “la España vacía”, quizá con un punto de exageración– y otra España emergente, más “moderna”, conectada con el exterior y urbanizada, situada en las grandes ciudades y algunas zonas costeras. El trasfondo histórico está claro: el país empezaba a sentir los efectos de la liberalización económica, el desarrollismo, la movilidad masiva de la población y la inversión exterior. Es en esos años cuando la población activa no agraria en España empieza a ser mayoritaria y comienza el turismo exterior masivo.

El contraste entre una y otra zona es también estético y moral: de un lado, la España de la Guardia Civil caminera, de los sanfermines, gitanos, toreros y bailaoras, aún con mucha hambre y miseria en los pueblos perdidos, donde Michener aún ve patente la herencia islámica. Y, por otra parte, el país donde avanza el feísmo de los pueblos turísticos en la costa, los barrios industriales de las grandes ciudades, los primeros bloques de pisos en altura, los “ye-ye boys” (sic) y los intelectuales de la oposición al régimen.

Esta percepción, con fuertes claroscuros, recuerda, salvando las distancias, la que dio Max Aub en su “Gallina ciega”, tremendo testimonio más o menos contemporáneo del de Michener. No en balde en ambas Españas todavía mandaban el ejército, la Iglesia y los grandes propietarios, bajo la sombra ominosa de la dictadura franquista y el recuerdo de la Guerra civil.

Uno de los lugares visitados por Michener es Salamanca. Sin embargo, el abultado capítulo del libro con ese epígrafe apenas se refiere a ella, pues relata viajes a otras provincias y a Portugal. Salen inevitablemente la plaza Mayor (“una de las cuatro mejores del mundo”, ya invadida por turistas extranjeros), los tunos, “vestidos como trovadores medievales”, el misticismo de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz y Fray Luis de León.

A propósito de este da una visión poco complaciente de la universidad de Salamanca: “no conozco otra institución educativa en el mundo que, habiendo comenzado tan alto, haya caído tan bajo”, opina, y añade: “es conocida en España como la escuela para pequeños intelectuales de buena familia”.

Achaca esto a la expulsión de los estudiantes judíos, a la supresión de estudios de matemáticas y medicina, a la censura de libros extranjeros (de autores como Descartes, Hobbes y Locke) y a la labor de la Inquisición, que fue ahogando poco a poco el intercambio cultural con el exterior y la libertad de cátedra y de conciencia. Una censura que aún en los años setenta del siglo XX elimina en la versión española del libro los párrafos donde Michener describe en el incidente entre Unamuno y Millán Astray el 12 de octubre del 36.

A pesar de todo, el autor se rinde ante la belleza monumental de la ciudad: “cada componente de Salamanca es perfecto, como si el tiempo hubiera congelado las viejas formas”. Significativamente, de las excelentes fotos que ilustran el capítulo, sólo una lleva nombre y apellidos: la de Don Alipio Pérez Tabernero que, con su hermano, “ha llegado a ser el dueño de  cuatro de las fincas de toros más grandes de España”. (El capítulo de este libro sobre los toros, sin duda, podría ser referido en buena medida a la provincia de Salamanca).