Relatos.

Las ideologías, las religiones, los nacionalismos son relatos, ficciones. Son hojas de ruta. Guías seguidas por una muchedumbre. El relato es poder. Si uno dice ser Napoleón se le interna en el piso de los chiflados de algún hospital. Si unos cientos dicen serlo se les tacha de secta perniciosa. Si tal relato lo compartieran millones seguro que algún listillo escribiría una tesis doctoral al respecto. El ejemplo, lo sé, resulta exagerado ¿Exagerado? La historia está llena de mesías, redentores, señalados por el destino, salvadores de la patria, razas superiores, etcétera. El quid reside en el número de adherentes.

Usualmente compiten varios relatos al mismo tiempo. A veces lo hacen de manera pacífica, en la Sexta, por ejemplo, los sábados noche; en otros muchos de forma violenta. Los católicos quemaban a los herejes, los mahometanos degollaban a los cristianos, los monárquicos ahorcaban a los republicanos, los comunistas fusilaban a los burgueses y viceversa. De momento, tales prácticas han ido quedando por el camino. No todas, por cierto. Breve ejemplo del siguiente sub-relato: “los inmigrantes están acabando con nuestro bienestar, con nuestro estilo de vida”. Respuesta: concertinas, pelotas de goma, centros de internamiento, naufragio, abandono, desprecio y código penal.  Otro sub-relato, made in USA: “el que se lo propone será millonario”. Respuesta: si tus padres ya lo eran, si no haces ascos a nada, si eres blanco, si careces de compasión, si eres un político corrupto (quiero decir integrado al sistema).

Casi todos los relatos contienen un elemento en común: su excluyente autenticidad. El budismo es la religión verdadera, el pueblo de Israel es el elegido, el capitalismo premia la iniciativa particular, los croatas somos la leche, el dinero todo lo puede, etcétera. No cabe duda de que, gracias a los relatos, el homo devino en sapiens. Quiero decir, al principio de los tiempos los homínidos se agrupaban en manadas de un par de cientos de individuos, les unía la caza del mamut. Luego inventaron la agricultura, y a esos cientos de miles les unían las cosechas. Inventaron el comercio y la industria, y a esos millones les unían los beneficios. El cazador era animista, el agricultor politeísta y el comerciante monoteísta. Hace unas decenas de años llegaron los “productos financieros”. Ellos, un grupito inmensamente rico, tan solo creen en ellos.

En todo caso, quedaron atrás los dioses lares, cósmicos o personales. Hoy a miles de millones de personas les une un nuevo relato: el de la tecnología, que no el de la ciencia. Años ha, lo salvífico residía en la palabra, hoy en un smartphone ¿Quién tiene razón?

Hay relatos buenos, regulares y pésimos. A mi entender, y al de muchos pocos, el buen relato es aquél que promueve la cooperación y el malo la exclusión. La buena respuesta viene de la mano del conocimiento. Conocer es criticar y preguntarse. Hacerse preguntas hace avanzar, quedarse con las respuestas retroceder. Ningún relato está en posesión de la verdad. Ninguno es ninguno. Siempre existirá un punto de fuga, algo que se cuela, algo irracional, una emoción, quizás alguna “evidencia” entre sus postulados. Las “evidencias” son altamente perniciosas.

Último ejemplo a lo Manolo Escobar: “¡soy español, español!”. Qué quiere decir: ¿soy español? ¿Ser descendiente de Viriato, Pelayo, el Cid, Agustina de Aragón, cristiano viejo, del Real Madrid? ¿Un pasaporte?  ¿Por favor, díganme qué significa “ser español”? Ser “español” es una ficción. Lo mismo que ser “catalán”, “vasco” o “uruguayo”. Convivamos, incluyamos, preguntemos. Sobre todo, pongamos por delante a las personas y no a los símbolos. La persona no es un relato.

PD Este “relato” está inspirado en el libro “Sapiens” escrito por Yuval Noah Harari. No quisiera ser acusado de plagio.