Lunes, 19 de agosto de 2019

Quienes enseñan

Cuando terminó la hora de consulta y me disponía a salir de su despacho, escuché las siguientes palabras: «el camino se hace andando, Catalina». Me detuve. Porque reconocí en ese instante —franjas de luz manchando los lomos de los libros— uno de aquellos que quedan: un momento en sepia cayendo en diagonal desde el sol de la ventana para enmarcar lo importante. Entonces asentí y ella volvió a decirme «el camino se hace andando». Sonreí, le di las gracias y nací de allí atesorando en mi memoria la frase que, en adelante, repetiría como un mantra.

En aquellos días yo veía todo tan cerca que tenía olor a tormenta, a huracán, a torbellino. La vida entrando a raudales sobre mí, conmigo, encontrando en mi hambre la ambición de aprenderlo todo y cuanto antes, poseída por la prisa de escribir cientos de líneas, cuanto antes, de encontrar en esas líneas un sentido, el sentido, el motivo por el cual el universo me había arrojado aquí sobre este mundo, no antes, no después, sino en este momento de la historia, qué hacer con estas manos, qué hacer con estos ojos, qué hacer con esta tromba de entusiasmo galopando en mi garganta, qué hacer con estas ganas de cantar (de transcribir el canto), qué hacer con el deseo de caminar dando zancadas hasta el futuro, tan lejano, todavía, en aquel tiempo, cuando quería comprender más y todavía entendía casi nada. Aquellas pocas palabras emergidas de la serenidad de quien ya sabe me sirvieron. Con su cincel pequeñito, supieron desbrozar mis desmesuras, mis bocanadas.

Ha pasado el tiempo desde entonces y hoy recuerdo. Pues ella supo ver en mi borrasca y aceptar mi vuelo, abrir el espacio y no dejar de estar allí, cerca, cada vez que mi impaciencia o mi renuncia —pues he renunciado muchas veces— hicieron estragos con mi tan aleatoria, frágil, voluntad. Yo quería haberlo leído todo, haberlo escrito todo, haber llegado, ya, a todas partes, sin haberme hecho fuerte en la destreza que requiere la constancia de escribir cuando es difícil, de dar un paso cuando ese paso es lo último que el corazón desea y, también, lo único necesario para que el camino empiece a aparecer ante los ojos. Solo después de haber naufragado tantas veces que hasta el Ícaro de Dédalo me hace advertencias, he sabido volver a aquel momento y comprender que solo cuentan los pasos que se han dado, contra viento y marea, es decir, y sobre todo, contra todas las apatías que nos apremian. Los pasos dados uno-después-del-otro con la humildad de la tortuga cuando camina despacio.

Quieres saber por qué escribo todo esto. Los años han pasado para nosotros los que hemos crecido, madurado, enderezado (solo un poco) las líneas del sueño de ser jóvenes hasta sacar algo legible de aquella embriaguez. Y, también, han pasado para quienes nos enseñaron. Aquellos que dedicaron sus horas a leer nuestros proyectos, nuestros exámenes (ay, nuestros exámenes), nuestras ganas de reinventar, de rehacer. Aquellos que  consagraron su insomnio a enmendar la falta de sintaxis con toda la paciencia de la que, tal vez, necesitaron para ayudarnos a seguir. Ella, quien siempre estuvo allí cuando volví, tras mi enésima renuncia, herida y llena de miedo, con los párrafos emborronados y las líneas rotas. Ellos ahora se jubilan, recogen sus libros, los meten en cajas, apagan la luz de su escritorio y caminan, con una bolsa de papel a cuestas. Dicen hasta luego en la conserjería y salen del palacio, salen, sin mirar atrás, tan silenciosamente.

Me pregunto por qué no estamos todos allí, todos. Todos nosotros cuyas vidas han quedado nutridas por su presencia en nuestras horas. Me pregunto por qué no estamos todos allí tejiendo un sendero de aplausos para que ellos, los maestros, salgan victoriosos y celebrados de ese lugar al que han acudido a enseñar durante cuarenta años. Me pregunto por qué no estamos allí diciendo gracias, gracias, gracias.

La vida tiene estas cosas y el camino se hace andando, me dijo. Salen, apagan la luz, cierran la puerta, entregan las llaves, salen. Y no miran atrás porque saben que el siguiente paso es nuevo y siguen siendo valientes. Dicen adiós y no reclaman nada y sonríen y se van. Habiéndonos hecho tan mejores. Me pregunto por qué no hacemos la ovación, aunque intuyo lo que ella me contestaría. Pues ahora sé que cuando la luz nos deja ver, lo hace siempre sin ruido, sin alardes.

Salamanca, 28 de septiembre de 2018