Ángela

Ni recuerdo desde cuando te deseé, tal vez desde siempre. Pocas cosas he tenido tan claras en mi vida como el deseo de ser madre. Siempre supe que mi paso por esta vida no sería pleno sin sentir y experimentar la magia de traer vida a este mundo, y ahora que lo estoy viviendo me siento más viva que nunca.

Fuiste mi regalo de 2017, con la noticia de tu existencia despedí el año y recibí el nuevo, me sentía feliz, llena de ilusiones y con ganas de vivir la experiencia de tu embarazo, de disfrutarlo, de sentirte crecer en mi vientre. Las expectativas eran muchas pero las circunstancias, pequeña mía, no nos acompañaron. Ha sido un camino complicado, no nos acompañó la suerte y tuvimos que subsistir a unos meses de incertidumbre y de poca calma, la salud de tu mamá se resintió y hubo que dedicarse al reposo (he aquí la razón de estos meses de ausencia) y a esperar que crecieras como debías a pesar de las circunstancias.

Que fue difícil, vida mía, ya te lo digo yo…, que merecía la pena, lo sabía sin esperar a verte la cara. Te hablaba mucho, te acariciaba más, y te contaba cómo era yo antes de conocerte, y cómo esperaba ser la mamá que tú te merecías. Hubo un momento, en enero, un día en urgencias que me acompañará siempre, como tú, el día en que escuché tu latido y comencé a pensar en ese milagro que era tener dos corazones latiendo dentro de mí, el tuyo y el mío.

Ha sido un esfuerzo de las dos, un camino que comenzamos hace casi diez meses, las dos juntas, tú con ganas de crecer y de ser, yo con el único pensamiento de que estuvieras bien. Te convertiste, de la noche a la mañana, en la razón para todo; dejé de pensar en mí para hacerlo sólo en ti, y ya nada sería como había sido. Me convertiste en tu mamá desde el instante cero y te quise sin conocerte.

Sin previo aviso, una madrugada de agosto, decidiste que el mundo te esperaba, que ese viaje dentro de tu madre había llegado a su fin. La noche, la larga noche antes de tu alumbramiento, estábamos en Miranda, allí pasamos las últimas horas siendo una, me tumbé a ratos en la cama en que nacieron tus tatarabuelas, pensando que allí habrían estado viviendo exactamente la misma experiencia que nosotras, y me gustó sentirlo.

Aquella noche, Ángela, recordé a tu abuela, pensé en cómo vivió ella ese momento antes de que yo naciera, y te hablé de tu bisabuela, a quien debes tu nombre, mientras sentía tus ansias de salir, mis incontrolables ganas de empujar y el fin de una etapa: se acababa ser una para comenzar a ser nosotras. Naciste el 14 de agosto, fuiste rápida y valiente, hicimos cada una nuestra labor, y sin mucho esfuerzo, ni dolor, antes de que me diera cuenta, sentí el calor de tu cuerpo en mi pecho, y ni lloré ni reí, estaba simplemente alucinada. Te miraba, te acariciaba, te olía…,todos mis sentidos estaban contigo y en ti, ya nunca nada volvería a ser como antes, lo sabía y me hacía feliz.

Y nada ha vuelto, ni volverá, a ser igual, y menos mal, porque ya no podría concebir una vida sin ti ni un mundo en el que no existieras. Traerte a este mundo fue siempre mi mayor deseo, y tenerte entre mis brazos ha sido el mejor regalo de mi vida. Sé que el camino acaba de comenzar, que nos estamos conociendo y que en ocasiones no es fácil, que nos queda mucho (a ti todo) por vivir y que sólo puedo darte las gracias por hacerme sentir las sensaciones más impactantes de mi vida y por hacerme saber, con tu llegada, lo que significa ser madre.

Ángela, la vida puede ser maravillosa, tú me lo estás enseñando.

Marta FERREIRA