Domingo, 27 de septiembre de 2020

Fernando VII rey de España el Felón (1808-1833)

Fernando VII de Borbón se pasó la Guerra de la Independencia en el castillo de Valençay, por entonces dominio de Tayllerand y más tarde su tumba junto a la princesa Poniatowska, entre calceta, bailes, salones y teatros. Y seis años son mucho tiempo para que un rey esté dándole a la aguja y a la farsa. Después del fracaso ruso Napoleón fue derrotado en Leipzig por los aliados y queriendo asegurar la violada frontera sur, revuelta por culpa de guerrilleros, ingleses y portugueses, el 11 de diciembre de 1813 fue a ver a Fernando al señorío de Tayllerand y le devolvió la corona de España a cambio de neutralidad, un tratado comercial, la evacuación de la tropas inglesas y la inmunidad para los afrancesados que habían colaborado con su hermano Pepe[1]. Como era de temer Fernando de Borbón le dio amo y cadenas a España, restableció el Antiguo Régimen, reimplantó la sociedad estamental, los privilegios, la servidumbre, los gremios, la Inquisición –que regresó con las alforjas cargadas de escalofríos- los jesuitas y se rodeó de una legión de ineptos que, además de dejarle ganar al billar, cerraron filas en torno a su duro caparazón y llevaron al país a un callejón de miseria y atraso en el que parecía condenado a sobrevivir. De aquella “camarilla” de incapaces y agrestes gañanes se salvó Martín de Garay, Ministro de Hacienda, que intentó reformar la Hacienda Pública pero le resultó imposible. Los privilegiados no estuvieron dispuestos a sacrificar sus intereses económicos, la crisis llegó hasta la bancarrota y el Estado hizo suspensión de pagos. En lo que sí demostraron eficacia fue en la represión, hasta hacer de España un calabozo. Liberales y afrancesados fueron acusados de traición, dieron con sus huesos en presidio o en los tratos de cuerda y garrote de los verdugos y con lágrimas de rabia tuvieron que buscar refugio en la clandestinidad de las sociedades secretas o en el exilio.  Pero no todo fue negativo –en 1819 abrió el Prado como un museo de pinturas- ni todos callaron. Hubo sectores liberales de la burguesía, apoyados por oficiales jóvenes del ejército, que trataron de restablecer la Constitución por medio de pronunciamientos. Algunos fracasaron sin consecuencias, como Espoz y Mina o Milans del Bosch, pero otros terminaron frente a un pelotón de ejecución tal que Díaz Porlier o Lacy. Incluso rosacruces y masones conspiraron en el llamado “Complot del Triángulo”, pero fueron descubiertos y degollados. La cabeza del maestre de la logia la clavaron en lo alto de una pica para público escarmiento.

 

[1] “Pepe Botella o Pepino sube al despacho, no puedo ahora que estoy borracho”.