Miércoles, 26 de febrero de 2020

Comenzó el curso

Todos habremos de empeñarnos en que los frutos del año centenario permanezcan

Ya pasó el verano. Ya terminaron las fiestas de septiembre. También quedaron atrás varios acontecimientos celebrados aprovechando la efemérides del octavo centenario de la Universidad de Salamanca. Con respecto a esta cuestión, algunos se preguntan qué es lo que va a quedar en concreto y en la realidad, que permanezca en el futuro, más allá del Centenario, y que contribuya a mejorar la institución universitaria, o incluso el conjunto de la sociedad salmantina.

Yo creo que, si las celebraciones del octavo centenario ayudan a tomar conciencia a la comunidad universitaria de la trascendencia de su condición para el avance del conocimiento y la preparación de la sociedad para una producción más humanística y científica, ya se podría dar por bien venido.

Ha comenzado ya también el curso universitario. Y aún quedan congresos y otras manifestaciones celebrativas, desde ahora hasta fin de año, y aun más allá del año celebrativo de la memoria del inicio de la institución universitaria salmantina. Todos habremos de empeñarnos en que los frutos del año centenario permanezcan y aun crezcan en el desarrollo de los saberes y preparación intelectual y científica que corresponde a la sociedad universitaria.

El curso de los diversos niveles de la enseñanza: infantil, primaria, secundaria y profesional, está ya en marcha. Y el desarrollo de la sociedad de la enseñanza, que afecta a los alumnos, a los profesores y también a los padres, exige que toda la ciudadanía, como se dice ahora, se ponga de acuerdo y, a ser posible, se llegue a un pacto general de Estado que dé permanencia y seguridad a este mundo de la educación, tan trascendente para nuestra sociedad, y que no puede estar al albur del partido dominante o de los intereses del partido que se prepara a nuevas elecciones, las más próximas, y que a cada cambio de gobierno supone un cambio o nueva ley de enseñanza, que desorienta a alumnos, padres y profesores.

Se puede hablar de la existencia, quizá excesiva, de universidades en cada cabecera de provincia, y a veces más de una en la misma provincia, haciendo difícil que se pueda mantener el nivel dentro de la dignidad que exige una comunidad universitaria. Faltan profesores, al menos suficientemente preparados, para cubrir todas las necesidades de los centros que imparten las especialidades que hoy se exigen y necesitan para estar a la altura de nuestro tiempo, y a la de las sociedades de mayor nivel de nuestro entorno.

Y también faltan medios económicos, tan reducidos sobre todo en el campo de la investigación. Yen algunas universidades está ya habiendo hasta una disminución de alumnos, por mor del decrecimiento de la natalidad y, por tanto, de los aspirantes a la preparación del nivel superior.

No hablemos ya de las desigualdades de nivel de los diferentes centros universitarios, a veces por el hecho de formar parte de una u otra comunidad autonómica, afectando incluso a la diferencia de tasas universitarias entre unos y otros estudiantes del estudio superior.

Se puede hablar también de la trascendencia de los intercambios de alumnos entre unos países y otros, sean europeos, bajo el programa “erasmo”, de probado efecto positivo para la creación de fraternidad, de conciencia y de compromiso europeísta, y de intercambio de saberes científicos de diversa consideración según los países de la Comunidad Europea. Y también habría que considerar otros intercambios, sobre todo con Latinoamérica, pero también con los Estados Unidos.

En una ciudad universitaria como la nuestra, son todos éstos temas los que merece la pena tener en consideración, abriendo la universidad a la sociedad salmantina y enriqueciéndola en el orden del saber y de la ciencia.

Y para la Iglesia de Salamanca, la presencia tan abundante de jóvenes universitarios entre nosotros supone un gran reto que no podemos dejar de lado sin una grave y culpable responsabilidad. Es verdad que tenemos una pastoral universitaria que se esfuerza por estar a la altura del mundo estudiantil. Pero siempre hay que preguntarse si ponemos a disposición de tan trascendente pastoral los medios suficientes en personal y en contribución económica.

Se podría hacer toda otra serie de consideraciones relativas a los niveles inferiores de la enseñanza, tanto en los centros oficiales como en los abundantes centros concertados que podemos encontrar entre nosotros. Y la problemática de la insuficiencia en número y en medios educativos de los centros de nuestro despoblado ámbito rural. Pero a estos aspectos del mundo rural merecería la pena dedicarle una reflexión más amplia, acaso en otra ocasión.