Sábado, 24 de agosto de 2019

Urbanidad y buenas maneras

Bueno, en mi opinión está feo llamar “maricón[i]” a un amigo o compañero, aun sin intención de hacer referencia a la condición sexual del aludido. Porque según la Real Academia Española se trata de un insulto y un insulto[ii] siempre tiene por definición y finalidad ofender a alguien. Mi duda es si esta cuestión es lo suficientemente importante como para exigir la dimisión de una Ministra de Justicia.

Si calificar de “maricón” a alguien  nos parece reprobable, y por tanto criticamos a la persona que lo hace, también deberíamos obrar así con aquellos que califican como “terroristas o golpistas” a los independentistas catalanes, los que llaman “resentido del PSOE, populista de baba y tonto[iii]” al Presidente del Gobierno o los que le tachan de “okupa”, cuando su acceso al cargo ha sido plenamente constitucional.

Pancracio Celdrán, doctor en Filosofía, en el libro que recientemente ha publicado, Manual de insultos para políticos: del 'uñilargo' al 'viceberzas', incluye muestras muy ilustrativas de mala educación. Por ejemplo el comentario de José Luis Valladolid, alcalde del Partido Popular de Villares del Saz, Cuenca, que en una red social hizo el siguiente comentario sobre la portavoz del PSOE de Castilla-La Mancha, Cristina Maestre: «Qué dice esta puta barata podemita hipócrita. Pero nadie pidió su dimisión, aunque se le abrió un expediente.

"Corrupta, ladrona, gentuza", así califico Pablo Iglesias a Esperanza Aguirre durante un mitin en Alcalá de Henares. Y no conviene olvidar los calificativos con los que el Señor Quim Torra, abogado, editor y escritor -por tanto instruido en el uso del lenguaje- obsequió a los ciudadanos que no somos catalanes, y ya lo ven, es Presidente de Cataluña, si bien obedeciendo las órdenes que dictan desde Bruselas.

Suscribo en su totalidad las palabras pronunciadas por Antero Flores Araoz, abogado y político peruano: Las relaciones entre las personas deben tener buenas formas y respeto mutuo, tal como las normas de cortesía, urbanidad y educación nos enseñan. Con más razón, cuando se trata de quienes ejercen autoridad en altos cargos públicos, electivos o designados, y por quienes pretenden ejercerlos.

Y es que otra vez estamos a vueltas con las formas y con el lenguaje para cuya acertada interpretación no son suficientes las palabras, habladas o escritas, también debemos tener en cuenta el código que en cada momento empleamos –diferentes idiomas o culturas -, el tomo de voz, los gestos que acompañan nuestro discurso, incluso el contexto en que nos encontramos.

En el actual clima de tensión y crispación social, los representantes públicos deberían asumir la obligación de contribuir a la buena convivencia desde la moderación verbal y el respeto, no lanzándose a la yugular del adversario para desangrarlo, si es posible, antes de las próximas elecciones. ¿A eso se reduce el horizonte político de muchos? ¿a la siguiente cita electoral con un claro fin de asaltar, cuando no perpetuarse, en el poder? ¿dónde queda el servicio a los ciudadanos?. Ya no existen políticos con visión de Estado, con visión estratégica de futuro a medio y largo plazo, todo se reduce a unos pocos años que deben exprimir a toda prisa. Así están las cosas.

Que lejos quedan las palabras del viejo Manual de Urbanidad y buenas maneras[iv] escrito por Manuel Carreño donde podíamos leer: El hombre malévolo, el irrespetuoso, el que publica las ajenas flaquezas, el que cede fácilmente a los arranques de la ira, no sólo vive privado de tan gratas emociones y expuesto a cada paso a los furores de la venganza, sino que, devorado por los remordimientos, de que ningún mortal puede libertarse, por más que haya conseguido habituarse al mal, arrastra una existencia miserable, y lleva siempre en su interior todas las inquietudes y zozobras de esa guerra eterna que se establece entre el sentimiento del deber y el desorden de sus pasiones sublevadas, a cuya torpe influencia ha querido esclavizarse.

Urbanidad y buenas maneras, señores. Todo ira mejor.

 

[i]  Según la Real Academia Española se trata de un adjetivo despectivo, malsonante, de un insulto.

[ii] Del latín insultāre: saltar contra, ofender