Miércoles, 23 de octubre de 2019

Acoger lo que no cuenta

 

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“…Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos. Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado» (Mc 9,30-37).

            La discusión que sostenían entre sí los discípulos sobre quién era el más importante supone, tácitamente el desprecio por el menos importante. Jesús reacciona con un gesto: Toma a un niño, y lo estrecha entre sus brazos y anima a recibir a los niños/niñas en su nombre. En efecto, lo poderoso en el mundo es débil en el Reino.

Jesús dice que quien acoge a los niños en su nombre en ellos le acoge a él, y, en él, a su Padre. Acoger a un niño —símbolo de lo pequeño y desvalido— en su nombre es acogerlo a él y al Padre. El niño carece de poder por sí solo, si se le deja solo, poco puede para hacerse valer o reconocer. El niño es una especie de pre-figura del necesitado: el hambriento, el desnudo, el prisionero, el marginado... Lo que hace importante y da relevancia no es el poder o la fuerza para dominar, sino servir a los más pequeños y despreciados. El niño solamente es importante porque otro le aúpa. Una persona mayor debe ser autónoma, responsable, capaz de arreglárselas por sí solo y más bien deben estar dispuestos a no depender para poder ayudar al necesitado o al vulnerable. Conviene recordar que, en tiempos de Jesús, los niños/niñas no gozaban de ninguna consideración; eran simples instrumentos de los mayores que lo utilizaban como pequeños esclavos, los últimos en la escala de los servidores.

            Jesús nos invita a caminar con él. Quien se decide a seguirle debe tener sus mismos sentimientos y su misma actitud de servicio, la cual conlleva la entrega y la cruz. A los discípulos les costaba mucho entender este mensaje, pues tenían aires de grandeza, ellos deseaban, hablaban, discutían «quién era el más importante» entre ellos; quién recibiría más honores y el puesto más elevado. Esto mismo pide la madre de los hijos de Zebedeo para sus hijos: Buenos puestos en el Reino de Jesús, que ella interpreta que será una monarquía como cualquiera otra de la época. Nuestra sociedad, desgraciadamente, mide el valor de la persona por lo que tienen. Lo oímos con frecuencia: «Tanto tienes, tanto vales». Tener aquí significa tener dinero, poder, fama, vivir sin esfuerzo, tener suficientes medios materiales como para poder contentarse, no tener problemas, no sufrir escasez, abandono, soledad. El tener siempre deshumaniza, porque ciega, embota el corazón y la mente, impide valorar el ser de cada persona. Una vez que se tiene algo entonces hay que sostenerlo y reproducirlo y ya desde ese punto es imposible dejar de combatir por superar a los demás, por tener el máximo poder, lo cual es esencialmente anti evangélico. Competir es algo que siempre implica descartar al otro u otros competidores, alcanzar la hegemonía, tener el poder máximo.

            Es humano desear poder: Mandar en lugar de obedecer, imponer en lugar de estar sometido, manipular en lugar de ser manipulado, dominar u oprimir en lugar de ser esclavo u oprimido. El poder así entendido es una idea poco humana, es más bien y solo hasta cierto punto lo típico del resto de los seres vivos en la naturaleza, aunque justo es decir que la única criatura que parece insaciable de poder es la humana. A la luz del Evangelio, la plenitud humana se alcanza por la vía del servicio y del compartir, de la solidaridad y no de la competencia por tener dominio.

            Jesús enseña esa nueva ética relacional con esta paradoja: «quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). El discípulo ha de renunciar a ambiciones, honores y vanidades. En su grupo nadie ha de pretender estar por sobre los demás. Al contrario, ha de ocupar el último lugar y ser el servidor de todos.