Sábado, 24 de agosto de 2019

Scouts: raíces y alas

En la pared del salón tenemos una frase bien grande que es el lema de nuestra casa: “Las mejores cosas de la vida no son cosas”. Y cuando mis hijas me piden cualquier capricho pasajero, señalo las letras de la pared con el dedo y leo despacito: Las-me-jor-es-co-sas-de-la-vi-da-no-son-co-sas. Luego puede que acabemos cediendo a la ocurrencia del momento –o puede que no- pero es una terapia gratuita de las buenas para poner en su sitio lo que verdaderamente importa. 

Cuando vamos a hacer la compra a una gran superficie también me pongo en plan padre-pesado-filosófico-trascendente y siempre les hago la misma pregunta a las niñas (sé lo que estáis pensando: pobrecillas, lo que tienen que aguantar. Y sí, tenéis razón). Les pregunto: “¿Habéis visto la cantidad de cosas que no necesitamos?” La respuesta hace tiempo que es la misma: “¡Jo, papá, siempre estás igual!” Y sonrío para dentro convencido de que, quizá, a base de repetición, les entre un poco de ese sentido común en peligro de extinción. 

Estoy absolutamente seguro de que las mejores cosas de la vida no son cosas y de que apenas necesitamos cosas para vivir. Lo aprendí en casa, de pequeño, con mi familia. Mis padres siempre nos dieron lo mejor a sus seis hijos. Una seisena. Y lo aprendí en los scouts, ese movimiento internacional de educación en el tiempo libre donde se aprende haciendo, donde la amistad es hermandad y donde uno se da cuenta de que la verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás.  

El lunes estuve en una reunión informativa de un grupo scout para que mi hija la mayor entre a probar. Su madre fue scout en el grupo “Euskai” de Euskalerriko Eskautak Bizkaia, su padre fue scout en el grupo “La Flecha” de Scouts de Castilla y León en Salamanca. Ojalá que ella disfrute y aprenda tanto como nosotros en el grupo scout “Quetzal” de Scouts de Madrid en el distrito de Usera. 

Porque todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Y en casa estamos convencidos de que lo más valioso que les podemos dejar son, como decía el periodista estadounidense Hodding Carter, “raíces y alas”. Raíces para que sepan quiénes son y de donde vienen; alas para que puedan volar más alto, más fuerte y más lejos. Como el pájaro guatemalteco que da nombre al grupo de Orcasur.  

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Actualmente hay más de 36,5 millones de scouts -jóvenes y adultos, niñas y niños- en 163 países del mundo.