Sábado, 17 de agosto de 2019

Los barcos

Hay un secreto en el agua. Está llena de dedos que sostienen los barcos y de manos que los acunan. Está llena de lluvia y puede ser hielo y puede ser nieve haciendo alarde de geometrías de lo mismo, un sinfín de moléculas con dos hidrógenos y un oxígeno puestas una al lado de la otra hasta llenar el gran hueco del mar que es un hueco impensable de grande, un hueco impensable de hondo, rebosante de líquido. Parece un misterio: las gotas, que apenas se rozan, forman una superficie penetrable, blanda-escurridiza y, al mismo tiempo, capaz de sostener sobre su piélago los barcos, las balsas, las canoas, los buques, el peso de todos los tamaños, su coraza.

El secreto del agua, a veces, se pone a llamar y termina por hacer que el caminante se acerque hasta el puerto para preguntarle, al agua, qué es lo que pasa, qué quiere, qué necesita, y el agua necesita solamente que alguien llegue hasta su orilla y la mire y se quede un momento escuchando ese canto de olas que golpean sobre las quillas, el sonido de besos así cuando una lengua decide ablandar a lametazos la curva del metal que la recorre. El caminante cierra los ojos y, sin darse cuenta, recibe el secreto y se queda, él también, extasiado ante una música que no sabría repetir, imantado por el rumor de la espumita de océano que corretea entre los hierros, jugueteando. Allí, a la orilla de ese lecho, los barcos se mecen. Allí sacuden sus esquinas para filtrar la memoria de los meses que han pasado en el ombligo del mundo con solo mar, y más mar, a su alrededor, qué cosa extraordinaria, un pedazo de acero flotante con todas sus cosas a cuestas nadando de orilla a orilla, un barco en mitad del azul, erguido y solo, contra el poder de lo inmenso.

Allí estaban, cuando llegué para verlos. Allí estaban los barcos en pausa haciendo acopio de fuerzas para su siguiente viaje, contándose, unos a otros, la historia de sus tormentas, de sus insomnios, confiándose los dolores. Caminé hasta el puerto sobre los pasos de todos aquellos que un día decidieron hacerse a la mar. Imaginé sus equipajes hinchados de esperanza, pude ver los abrazos que los anclaron para siempre en el recuerdo de un momento difícil, que les sembraron el nudo en la garganta y la pregunta sobre si hacían, o no, lo correcto. Y pude, también, escuchar sus pisadas sobre la blanda estructura del muelle, el chapoteo del agua rozando la orilla con el arco de su secreto intacto.

Los barcos también los recuerdan. Los barcos han salido y han vuelto, con su cajita de sueños ilesa sobre el espejo de nubes que llevan pintado en el ceño fruncido de la madurez, ese saber sin palabras que consiste en comprender, sin grandilocuencias. Los barcos que llevan sus kilos de vida terrestre de un lado hasta el otro del mundo, en silencio surcando las horas que separan las noches y su transparencia, bajo un cielo cargado de estrellas encima del mar abierto, el mar, el mar, los barcos se tienden cerquita y se cuentan las cosas y esperan a que el más pequeño extienda la ropa en la cuerda y le dicen, hermano, cuánto tiempo te quedas, y el pequeño contesta, con la ropa tendida contesta ya voy de salida, vine solo a contar el secreto del agua, y todos lo miran atentos. He visto cómo ese barquito pequeño les ha hablado a los otros, muy cerca, para confesarles. He escuchado también sus palabras pero solo el principio: «hay un secreto en el agua», decía, «el agua está llena de dedos, de manos que nos acunan», he oído. No sé cómo supo que yo lo escuchaba y entonces bajó la voz. Después, mucho tiempo después, me miró con dulzura porque yo estaba triste y cantó para mí, me dijo que hay un secreto en el agua, me dijo «escucha. Cierra los ojos».

Los barcos cabeceaban al ritmo del oleaje y el oleaje sonaba igual que mi corazón. «Escucha», repitió. El agua envolvía el silencio y el azul era inexpugnable. Escucha, repitió. Entonces supe qué era y tuve que abrir los ojos. Frente a mí, el horizonte extendía sus brazos y me daba la bienvenida, rasgaba la cueva su abracadabra y me dejaba contemplar el hallazgo. Volví a escuchar los pasos de los navegantes, los que iban, los que volvían, los vi llamando a los pájaros, pero supe que alucinaba. No había nadie allí, a esa hora, solo el mar, el barco, el horizonte y yo. Hay un secreto en el agua, escuché que el agua me decía. Y supe de qué estaba hablando y quise apuntarlo en mi cuaderno, pero era intraducible.

Salamanca, 21 de septiembre de 2018