Miércoles, 23 de octubre de 2019

La bolsa de plástico

Si hubiera que buscar un emblema que definiera y plasmara de un golpe la cultura del despilfarro en la que hemos estado –y en buena parte seguimos estando– hasta el estallido de la crisis que todavía sufrimos, el de la bolsa de plástico no sería uno de los peores.

Todo está lleno de bolsas de plástico: las casas, las ciudades, los pueblos, la naturaleza, los mares… No hay lugar por el que transitemos en el que no nos encontremos, antes o después, con una bolsa de plástico. A veces, incluso, de modo poético y escenográfico, cuando el viento se levanta, las bolsas de plástico bailan con él, en una danza cuya coreografía hubiera ideado algún duende.

Hubo un tiempo, el del desarrollismo de los años sesenta y setenta del siglo pasado, en el que la salida del aislamiento, del hambre y de la pobreza podían cifrarse en el emblema del seat 600, o del filete o bistec con patatas fritas, analizado genialmente este último emblema por el semiólogo francés Roland Barthes en su libro ‘Mitologías’ (1957): “Asociado comúnmente a las patatas fritas, el bistec les transmite su lustre nacional: la patata frita es nostálgica y patriota como el bistec.”

Pero, pasado tal momento, cuando ingresamos en el primer mundo y en la sociedad, más que de la abundancia, del despilfarro, las bolsas de plástico y su omnipresencia hicieron su aparición en nuestra sociedad. Eran ya, desde su reproducción descontrolada, un signo de lo no sostenible y de lo contaminante; pero no lo sabíamos, aún no se habían introducido tales conceptos en nuestra sociedad.

A través de las bolsas de plástico, podría casi hacerse una pequeña historia, o un análisis, del diseño contemporáneo para envases, e incluso se podría plantear una gran exposición sobre ellas, o hasta un museo de las bolsas de plástico… Pero no disparatemos.

En realidad, las bolsas de plástico constituyen un problema, como han puesto de relieve los movimientos ecologistas y las cumbres internacionales sobre el clima, el calentamiento y el deterioro de nuestro planeta.

Y esto es lo que han aprovechado las grandes superficies y otros tipos de tiendas para subirse al carro de la obtención de beneficios, con el pretexto ecológico. Si antes, cuando se iba a la gran superficie, la gente salía atiborrada de bolsas de plástico, en ocasiones incluso una para cada producto, ahora se cobran

De tal política comercial, ha surgido –como indica un amigo– la figura del equilibrista, aquel comprador o compradora que va haciendo equilibrios con los diversos productos que compra, al llevarlos a pelo en sus propias manos, por no adquirir una bolsa que le cuesta unos céntimos.

Es el paso del derroche a la escasez, del cielo a la nada, pero –no nos engañemos– no por respeto a nuestro planeta, ni para evitar su deterioro o degradación, sino porque, cobradas, aunque sea a unos céntimos, también las bolsas de plástico generan beneficios.

Mientras tanto, el calentamiento global, los océanos contaminados por bolsas de plástico y otros tipos de desechos y otros mil desafueros… siguen ahí, esperando que nuestra actitud responsable y concienciada logre algún día frenar la degradación el hermoso planeta en que vivimos.