Lunes, 9 de diciembre de 2019

El rostro del hambre

 

Todo es relativo, menos Dios y el hambre

Pedro Casaldáliga

 Los ciudadanos de los países ricos somos responsables de lo que los gobiernos hacen en nuestro nombre

Thomas Pogge

Vivimos en una sociedad cada vez más desequilibrada, nuestra sociedad globalizada se está convirtiendo en una gigantesca representación de la parábola de Lázaro y Epulón. A pesar de las cifras del hambre, no visibiliza esa realidad de “residuos humanos” (Bauman), esa masa de “poblaciones superfluas”, que globalización ha convertido en no deseados, en personas totalmente invisibles e injustamente tratadas.

En un lado del muro de la realidad mundializada, experimentamos una creciente acumulación de medios y un consumo ilimitado y al otro, la miseria y el hambre que se apodera de los más empobrecidos. Por tercer año consecutivo aumenta el hambre en el mundo, son 15 millones de personas más que el año anterior que no pueden alimentarse mínimamente en la vida diaria.  821 millones de personas, principalmente localizados en Asia y el África subsahariana.

El ser humano ha realizado grandes avances en su historia, ha llegado a todos los rincones del planeta, ha creado aparatos que nos hacen la vida más fácil, buscamos nuevos mundos en el universo, está curando enfermedades difíciles, enviamos sofisticadas sondas espaciales a investigar el sistema solar, somos más longevos y vivimos más, pero no ha podido erradicar el hambre

Teniendo recursos y medios nada parece tan inmutable como el hambre. La vida, para gran parte de la humanidad, parece una mala noche en una mala posada, como recordaba Teresa de Jesús. Más importante que globalizar el mercado y el consumo, es mucho más necesario mundializar formas de solidaridad, de justicia, de respeto, de reparto de bienes y de misericordia con tantos humillados que no pueden comer al día ni un plato de arroz o de maíz.

Las causas que se vienen repitiendo en estos últimos años, son conocidas, pero nos suficientes. Los conflictos bélicos, el cambio climático y las crisis económicas son los principales responsables de esta regresión, según el estudio elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Pero sabemos que el hambre no es solo un problema transitorio o coyuntural, en muchas de estas zonas el hambre es una maldición estructural que se remonta a varias generaciones.

Lázaro y Epulón, ricos y pobres caminan juntos en este viaje de la injusticia, manifestadas en la ausencia de políticas redistributivas, gastos exorbitantes en armamento, la corrupción de muchos países, la ausencia de derechos y de regímenes democráticos, se deben añadir a esa era realidad coyuntural que propone la FAO. Los que se mueren son los pobres, no hemos visto morir a un ministro, a un alto cargo de estos países, ni siquiera a un oficial del ejército en esos lugares que no están en guerra.

Resuenan todavía aquellas palabras de José María Mendiluce, el que fuera vicepresidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo sobre la situación África, muy actual, donde los gastos militares se multiplican cada día: “África se nos está muriendo ante los ojos perplejos de los que la aman y los ojos ciegos de los que la condenan. África camina a la deriva entre la indiferencia de muchos y la activa contribución de los mercaderes de la muerte. África "sobra" en el reparto de funciones de esa economía globalizada, que mundializa los beneficios y que no conoce fronteras ni límites para especuladores y teóricos del triunfo del mercado y de la competencia, pero que sí los establece cuando de derechos humanos, de valores y de principios se trata. África, expoliada y dejada en manos de dirigentes corrompidos por el sistema corruptor que les vendimos, se hunde mientras se debate en busca de un futuro que le niegan los adoradores del mercado. Quieren éstos un África de Mobutu, de dictadores y de tiranos, o de democracias huecas y vulnerables, incapaces de cuestionar su lugar en el reparto. De depredadores de sus riquezas y destructores de su equilibrio ecológico. Y somos muchos los que queremos y creemos en un África de Mándelas, de dignidad e independencia. De derechos humanos y de libertad…”

Es posible acabar con el hambre, hoy tenemos todas las herramientas necesarias para hacerlo y acabar con esta brutal inhumanidad. La inercia de la comunidad internacional, de los poderes económicos y el cinismo de los políticos, impiden que sea una realidad ya resuelta. El orden económico mundial se alimenta de la pobreza y de la mano de obra barata. Las pocas familias que dominan el mundo, grupos económicos, multinacionales o como se quieran llamar, tienen mayor poder económico y de dominio como nunca se había alcanzado. El orden económico mundial se alimenta de la pobreza y de la mano de obra barata. Las pocas familias que dominan el mundo, grupos económicos, multinacionales o como se quieran llamar, tienen mayor poder económico y de dominio como nunca se había alcanzado.

Estamos con Thomas Pogge, donde salida de la pobreza tiene que ir unida a una normativa acerca de la justicia global. Cualquier política internacional se deberá basar en la lucha de los problemas morales fundamentales y de peso, centrados en los seres humanos y, que puedan ser ampliamente compartibles entre todas las culturas. Para ello se necesita un acuerdo internacional sobre un estándar moral común que sea plausible y capaz de una amplia aceptación internacional.

Con L. Boff, pensamos que el futuro del mundo para superar la vergüenza del hambre va unido a fomentar una sociedad más fraterna y democrática. No hablamos de una simple forma de gobierno, sino como un espíritu y valor universal.  Se fundamenta en la articulación y coexistencia de cinco fuerzas fundamentales: la participación, la solidaridad, la igualdad, la diferencia y la comunión. La construcción de esta sociedad fraterna y democrática se desarrolla en la familia, en la escuela, en la fábrica, en las asociaciones, en las iglesias, en el estado, en la sociedad. Es un proyecto siempre abierto e inacabado.

Para ello, es necesario crear nuevas relaciones entre los seres humanos con la participación en todos los niveles posibles. La solidaridad como un planteamiento global a todo el sistema incluyendo al los otros buscando caminos para mejorar, reformar y defender los derechos más básicos del ser humano. Como efecto de la mayor participación y la solidaridad surge una mayor igualdad social con relaciones más simétricas y humanizadoras. Es necesario promover y defender las diferencias, las riquezas de cada individuo y cada cultura. Por último, la comunión como categoría antropológica y religiosa, que de cuenta de la transcendencia vida del ser humano que le abra a nuevos sentidos de la existencia.