Jueves, 20 de junio de 2019

En tiempos de la impostura

No nos escandalizamos de nada, reconozcámoslo. Eso no sabemos si es bueno, malo o un signo de los tiempos, pero lo peor es la banalización absoluta de aquello a lo que le teníamos cierta consideración. Sabíamos que la Transición, con todos sus defectos, había sido un exquisito encaje de bolillos, sin embargo, para la nueva hornada de políticos es un cúmulo de errores. Sabíamos que una licenciatura universitaria, y más aún, un doctorado, eran el fruto del esfuerzo y de la excelencia; no obstante, los últimos escándalos han reducido la universidad a una mera máquina de expender –muy caros por cierto- títulos y dignidades a toda prisa y de manera mediocre. Tanto es así que el estímulo que todo profesor debe esforzarse en dar a sus alumnos en estas fechas de inicio de curso se queda en nada: tú procura buscarte la vida y si es por la vía rápida y fácil, mejor.

Vivimos en tiempos de impostura. Nada vale nada. No sirven el esfuerzo, las horas de exigencia, el hecho de que todo cuesta no sólo dinero, sino dedicación, tiempo, trabajo honrado. Desde la implantación del Plan Bolonia la Universidad ha sufrido una transformación que primero notaron profesores y estudiantes y ahora sufre toda la sociedad. La licenciatura se convirtió en grado, lo que se hacía en cinco años acabó en cuatro y como colofón, el máster que todo lo resuelve no sirvió para especializar como era su objetivo, sino que se convirtió en un lujo poco asequible y un chiringuito financiero para aquellas universidades que precisaban fondos. Tú paga y luego ya veremos cómo lo resolvemos. Y la forma de resolverlo es tener el título de un master al que nunca acudiste, del que no presentaste ningún trabajo o realizar una tesis mediocre cosiendo, cortando, pegando y eligiendo un tribunal a la altura de tus intereses: total, a casi todos nos ponen el cum laudem y andando.

Nadie que no haya hecho una tesis sabe del esfuerzo, económico y académico que supone. El tiempo, el interés, la obsesión… y no hablo de la mía, que era de la rama humanística y en el fondo resolvía yo con una pirámide de libros y notas que amenazaba con ahogarme ¿Qué hay de las tesis científicas que precisan de laboratorios, cultivos, maquinaria? ¿Cuántas horas, esfuerzo, ensayo y error, cuántos momentos de incertidumbre? El título de doctor implica una dignidad ganada con paciencia, esfuerzo y tesón… esas cualidades que ahora sustituimos por un curso firmado al desgaire, un dinero que francamente, no sé de dónde lo saca una familia después de haberle pagado la carrera al hijo y un trabajo mediocre de puro puzzle. Vamos, que lo hace cualquiera, o mejor, cualquiera no, aquel que pueda permitirse semejante gasto y que esté convencido de la necesidad –para mí necedad- de un master. ¿Significa eso que la carrera no te ha preparado suficientemente? ¿Implica no una especialización, sino una forma soterrada de pagarte a ti mismo las prácticas en el mundo laboral? ¿Debo empezar a hacerle a la niña bonita la hucha del master aún sin saber si su destino va a ser la Universidad, esa tan denostada y actualmente tan agraviada? Y mientras, mis amigos, profesores de la misma, que llevan años quejándose de la infinita burocracia y de la inmensa exigencia no solo académica, sino administrativa, quedan verdaderamente como partícipes de la impostura. No saben, estos políticos nuestros, tan nuevos, tan guapos, tan versados en el inglés y en las ganas de zalear lo que han hecho. Gaudeamus, igitur…

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez