El prestigio de ocho siglos

Cada vez que vengo a Salamanca –con mayor frecuencia desde que estoy jubilado- algo me falta si no recorro lo que yo llamo “ruta de la zona noble” de la ciudad: Plaza Mayor, Rua Mayor, Libreros, Catedrales, y regreso. Es una forma más de cargar las pilas hasta la próxima visita. En más de una ocasión he estado tentado de acercarme a visitantes con plano en mano para facilitar sus deseos de conocer Salamanca, dentro de mis limitaciones. Ya he sufrido más de un “rapapolvos” cuando algún guía intransigente me encontró haciendo eso mismo con familiares venidos de fuera. Debo tener aspecto de intruso.

Mi último paseo ha coincidido con este momento de sobresalto político originado con la llamada Guerra de los Másteres y los Doctorados. Al pasar frente al Victor de Nebrija, no he podido abstraerme al juego de las comparaciones. Estamos a punto de celebrar el octavo centenario de la Universidad de Salamanca, la más antigua que subsiste en España desde su fundación. (Digo esto para que no se me enfaden los palentinos que presumen, con razón, de que en su ciudad se fundaron los primeros Estudios Generales unos años antes que en Salamanca, aunque sobrevivieron poco más de un siglo). Pues bien, a la vista de que  no pocas universidades españolas, por diversas razones, están atravesando lo que podíamos calificar de periodo de vacas flacas – en cuanto a la calidad de la enseñanza se refiere-, se puede comprender fácilmente por qué nuestros centros universitarios, cuando se establecen clasificaciones internacionales, nunca figuran entre los más destacados.

Si es verdad que el progreso ha originado verdaderos avances científicos, cuya primera raíz siempre ha brotado en el campo de la enseñanza y la investigación, también lo es que se ha notado de forma muy desigual, según el lugar del que se hable. Pasada la etapa del llamado Siglo de Oro, España ha ido perdiendo peso específico en los ambientes intelectuales, sin menospreciar ni olvidar algunas honrosas excepciones, especialmente en el mundo de las artes. Basta fijarnos en el porcentaje de españoles reconocidos mundialmente con galardones científicos similares al premio Nobel. Si estamos hechos de la misma pasta que el resto del mundo, algo está fallando en nuestro sistema de educación para que nuestras universidades den menos frutos que otras.

Si la educación es una de las palancas más potentes para el desarrollo de una sociedad, cuando falla el sistema se debe a que esa palanca se quiebra por alguno de sus dos extremos: el profesor o el alumno. Cuando hablamos del sistema, es obligado reconocer que siempre será el resultado de aplicar una política apropiada. Y ¿cuál es la política más apropiada? Aquí viene el primer fallo: pensar que la mejor ley de educación debe tener color político; es decir, que siempre será mejor aplicar la del gobierno que accede, porque la anterior nunca tiene aspectos positivos. La mejor ley de educación será aquella que mejor forme a los alumnos. La verdadera formación incluye conocimientos y valores, y para ello se debe comenzar desde abajo. Por poner algún ejemplo alusivo: de poco sirve establecer torneos para ver qué partido ofrece más ayudas para la adquisición de libros escolares si se tolera que, el mismo colegio, el mismo curso, la misma asignatura-Matemáticas- y la misma editorial, no valgan de un año para el siguiente. Ahí falla la ley. También falla cuando al alumno, desde niño, no se le forma para que sepa lo que es el sacrificio, el afán de superación y el esfuerzo. Así estaremos dando lugar, entre otras cosas, a la llamada generación de los “ni-ni”. Desde que se permite pasar al curso siguiente con demasiadas asignaturas pendientes, se está perdiendo calidad en la enseñanza. Así nos luce el pelo cuando vemos el nivel de demasiados universitarios, al hablar y al escribir.

Si a todo lo anterior añadimos la aparición de universidades en las que afloran demasiados másteres y tesis doctorales que han pasado con excesiva benevolencia los más elementales filtros de calidad, debemos concluir que tenemos el sistema universitario que hemos querido darnos. El empeño que demuestran las corrientes políticas para llevar sus postulados a la enseñanza, es admisible se lo que se persigue es mejorarla. Cuando lo que prevalece es más el afán de politizarla, está perdiendo su carácter globalizante. Por el lógico progreso de la sociedad, durante el último siglo ha aumentado de forma exponencial el número de universidades; pero tampoco se ha seguido en España el mismo criterio que en el resto del mundo desarrollado. En cuanto el Estado ha delegado la responsabilidad de la educación en las respectivas comunidades autónomas, ha comenzado la carrera de crear universidades donde la realidad ha venido a demostrar que no eran necesarias.

 Nadie quiere ser menos que el vecino y, sin pararse a realizar estudios de viabilidad o rentabilidad, toda ciudad que se precie reclama una universidad, un aeropuerto, autovía, etc. Así tenemos universidades vacías, aeropuertos sin estrenar, autovías sin tráfico y un déficit cada vez más asfixiante. Cuando antes hablábamos de la formación incompleta del alumno desde sus primeros pasos, queríamos resaltar la carencia de espíritu de sacrificio que se observa en buena parte de los jóvenes –y no tan jóvenes- a la hora de enfrentarse a las exigencias de una formación integral. Si el alumno es partidario de la ley del mínimo esfuerzo y, por añadidura, el sistema le facilita la posibilidad de adquirir títulos sin dedicación, llegaremos a esta sociedad que alumbra generaciones dispuestas a dotarse de méritos adquiridos de forma fraudulenta, porque ese ha sido el sistema que ha acompañado su formación.

Que entre nuestros políticos aparezcan más casos de los deseados de expedientes personales falsificados, era de esperar. El amiguismo, el nepotismo y la corrupción han facilitado esa epidemia. Lo más triste de este fenómeno es que, una vez descubierto el engaño, los responsables se aferran a su inocencia aunque las pruebas sean abrumadoras. Unos y otros, beneficiarios e intermediarios, huyen de su responsabilidad con el mayor descaro. Por desgracia, la política vuelve a prostituir a la sociedad. Por estar en boca de todos, la tesis del presidente del gobierno está reflejando la realidad del momento. Una vez descubierto el fraude, hay que poner en marcha la “aerotransportada mediática” para contrarrestar los ataques del adversario. Nos falta vergüenza torera para afrontar responsabilidades y nos defendemos con “y tú más”.

Supongo que los respectivos departamentos universitarios estarán sometiendo a la “prueba del algodón” las tesis doctorales y másteres en su poder. Ignoro el porcentaje de los que rebasen la línea roja. En cualquier caso, bueno sería cuidar al máximo el prestigio de universidades que, como la de Salamanca, llevan siglos intentándolo. Sólo se logrará a base de seriedad, trabajo e integridad. El día que todos los partidos políticos lo asuman, conseguiremos desfacer el entuerto.