Lunes, 12 de noviembre de 2018

Un Dios cercano

«Antes de ser Cristo, Jesús es la verdad. Si nos desviamos de él para ir hacia la verdad, no andaremos un gran trecho sin caer en sus brazos».

Simone Weil

«Señor Jesús, tú no viniste para ser servido, ni tampoco para ser admirado o, simplemente, adorado. Tú has deseado, solamente, imitadores. Por eso, despiértanos si estamos adormecidos en este engaño de querer admirarte o adorarte, en vez de imitarte y parecernos a ti».

Soren Kierkegaard

La liturgia del domingo nos presenta un texto de Marcos donde Jesús plantea una pregunta a sus discípulos sobre su identidad. Sin comprender muy bien quién es Jesús y pensando en su propia tradición religiosa, apuntaban a tres figuras, era un nuevo Juan Bautista, Elías, o bien otro profeta que anunciara el fin de los tiempos. Pedro en nombre del grupo se atreve y sin rodeos. a llamar a Jesús Mesías, es el momento que Jesús anuncia su sufrimiento en la cruz y además condenado por los dirigentes religiosos del judaísmo. Dice el texto evangélico, Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”.

Es que hay palabras de Jesús en los evangelios que son “piedra de escándalo”, desconciertan e indignan a sus oyentes y a sus seguidores. Jesús le suelta una respuesta turbadora, que hace renegar a Pedro, al único que le reconoce como Mesías. Jesús, se atreve a llamarle Satanás, reiterando su postura y abriendo para sus seguidores un camino de discipulado más profundo en el camino de la fe: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame...”. Posiblemente, Pedro estaba más alejado del camino de Jesús que otros que le seguían, que pensaban que era un profeta del final de los tiempos.

Pedro, como otros, entendían por “Mesías” a un “rey de Israel”, con un profundo significado nacional y político, libertador del poder de Roma. No acepta el destino de Jesús, pasión y cruz no encajan en esas expectativas liberadoras del pueblo oprimido por otras potencias políticas más fuertes. Pedro como hombre religioso, pensaba que esas no pueden ser las expectativas de Dios, que había anunciado en el Antiguo Testamento un Mesías liberador. Sus discípulos, con Pedro a la cabeza, estaban acariciado el sueño de un reino mesiánico terreno y político, que Jesús había rechazado y combatido con energía desde el comienzo de su misión, allá en el desierto de Judá. La concepción popular del Mesías, a juicio de Jesús, estaba deformada y mundanizada. Quiere evitarla en sus oyentes y corregirla en sus discípulos.

En ese camino hacia Jerusalén hacia la cruz, Jesús va descubriendo su mesianidad en un proceso que se expresa en su propia vida. No estamos hechos en la fe, nos vamos haciendo. No tenemos fijada la existencia, la vamos fijando nosotros en la escucha de la palabra y en la fidelidad arriesgada. El camino de la mesianidad, lo tendrán que ir descubriendo poco a poco, en hondura de su vida, de su palabra, de su misterio, siguiéndolo de cerca incluso en el sufrimiento y la entrega. No pueden ni sospechar que será resucitado por el Padre como Hijo amado. No conocen todavía experiencias que les permitirán captar mejor lo que se encierra en Jesús. Solo siguiéndolo de cerca lo irán descubriendo con fe creciente.

 

Hoy también tenemos imágenes deformadas de Dios, que tendremos que ir depurando en el camino de la fe. El Dios de Jesús se nos va manifestando en el abajamiento, la limitación, en la impotencia, la vulnerabilidad y el sufrimiento, la pobreza, la oferta no impositiva, la compasión y el perdón, muchos no son capaces de reconocerle. Jesús al que confesamos como Dios, nos puede ayudar a superar imágenes enfermas de Dios que vamos arrastrando en nuestra vida de fe sin medir los efectos dañinos que tienen en nosotros y en los demás.

Nos puede enseñar a vivir a Dios como una presencia cercana y amistosa, fuente inagotable de vida y ternura. No es un Dios lejano, distante y fuera de nosotros, en unos cielos más allá del firmamento. Todavía muchos creyentes colocan a Dios fuera del mundo, alejado del hombre y fuera de su realidad. Es necesario descartar esa visión objetivista de lo sagrado, de un Dios localizado fuera de mí, de mi vida, del mundo. Parece solo existir en determinados lugares sagrados, o en determinadas fiestas religiosas, la misa, Semana Santa, Navidad, y no en el hermano que sufre, que es pobre o que pide hospitalidad.

 

Dios no está fuera de nuestra existencia y de nuestra vida, los cielos no están en lo alto, sino escondidos en la oquedad del corazón. Dejarnos conducir por él nos llevará a encontrarnos con un Dios diferente, más grande y más humano que todas nuestras ideas y pensamientos sobre Él, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos. Jesús, más que palabras, enseñó la actitud de no hablar mucho sino recogerse en la profundidad del corazón, allá donde la Fuente está esperando a darse (Mt 6,5-8). La trascendencia se une a la inmanencia, cuanto más profunda y serena es la búsqueda en la cueva del corazón, más se percibe la Presencia que ubicamos en los cielos.

 

El ser humano nunca está solo, está abrazado y penetrado por Dios, mora en nosotros y está y estará con nosotros. Esa experiencia de Dios habitando y poseyéndonos desde dentro lo denomina el evangelista Juan, el Espíritu. Ahí en lo más profundo, desde ese silencio que me habita retornamos las fuentes de la vida, a lo más bello y esencial de nuestro ser, al ser de Dios que se encarna en nosotros. Desde aquí podemos recuperar la libertad interior y estar dispuestos a “nacer de nuevo”, dejando atrás la observancia rutinaria y aburrida de una religión convencional. Ese Jesús interior puede liberarnos de estar distraídos y paralizados en una religión vacía y dar vida en cada momento de nuestra existencia.

 

Siempre debemos hablar de Dios como balbuciendo nos lo recordaba Santo Tomás, es un misterio, aunque con Jesús el camino se hace más humano y más directo. Debemos abandonar esas imágenes falsas de Dios que nos esclavizan y nos deshumanizan, que hacen de Él un ídolo que nos empequeñece. El Dios de Jesús que aparece en los Evangelios, es el Dios del amor y de la misericordia. Todo lo que Dios es y hace está tocado por el amor y todo lo que tiene que ver con el amor, tiene que ver con Dios. La gratuidad del amor de Dios es la fuente de la libertad. El Dios de la gracia y la gratuidad es, por ello mismo, el Dios de la libertad. Un amor activo, que no tiene reserva ni exclusiones, ni límites, ni fronteras. En cada corazón humano, más allá de religiones, culturas o pensamientos puede habitar sagradamente ese amor. Jesús de Nazaret es la imagen del amor y la misericordia del Padre.