Martes, 25 de junio de 2019

Afilando los lápices

El donde dije digo, digo diego es el último mantra, y es que no hay nada como una hemeroteca para dejar en vergüenza al político de turno que suele decir una cosa antes de alcanzar el poder, y su contraria una vez que ha llegado a él. Y más ahora que las rectificaciones son casi inmediatas porque un día nos levantamos acogiendo y otro, expulsando; un día vendemos armas a un país vergonzante y otro, nos lo pensamos porque eso supone la pérdida de puestos de trabajo. La vida moderna es lo que tiene, vamos rectificando sobre la marcha porque no hay nada inmutable, o sí, porque los niños en este septiembre luminoso vuelven a las aulas y se producen las consabidas colas para comprar el material y las consabidas quejas cuando toca abonar los libros de texto. Quejas que no oigo en absoluto cuando le compramos al niño un móvil, un chándal molón o un par de zapatillas de esas galácticas, afirmo. Hay que consolarse porque quizás la vuelta al cole, el tinto de verano o la sobredosis de azúcar navideña sea de lo poquito que no cambia en esta época nuestra tan dada al derrape.

Que conste que a mí me parece la flexibilidad una virtud así como la capacidad de enmendar los errores, claro que si te llenas la boca diciendo que te vas a casa al cumplir el primer mandato o que te quedas aunque pierdas una elección y lo incumplas, eso no solo huele a chamusquina, sino a tren extremeño quemado. Sí han leído bien, los trenes con los que se comunica Extremadura con el resto del país están obsoletos y tienen la mala costumbre de averiarse, quemarse y perpetuarse en la ignominia porque parece que dicho tema no tiene tanto cartel como la cosa catalana. Ya ven, nos empecinamos en releer la historia pero no somos capaces de escribir el presente con rectos renglones y sentarnos a realizar un acto de sentido común como bajarle la cuota a los autónomos, que son los mejores antídotos del paro que conocemos, o darle más importancia al tren para potenciar el transporte público y aliviar la cargada carretera. Carretera  llena de coches diesel altamente contaminantes, por cierto, pero mientras dilucidamos qué va a pasar con ese tema de las emisiones nos meten una subida de la luz que nos deja tiesos. Los árboles no nos dejan ver el bosque y mientras ciertos temas hacen ruido mediático, el escándalo de la luz y el ataque sistemático a las instituciones permanece en sordina, eso sí, afectando gravemente a los que vivimos la vida cotidiana, la vida de todos los días, esa que ya no se hace preguntas sobre la lectura de la historia y de la histeria, sino que trata de tirar para adelante sin pensar mucho en que nuestros mejores ingenieros, nuestros más preparados universitarios, están trabajando y tributando en Alemania. Y aún más ¿No son capaces en Europa de trazar las líneas de una política migratoria común? Si nosotros, en los reinos de Taifas de las comunidades no somos capaces de repartirnos a los menores indefensos, esos que vamos a dejar tirados en cuanto cumplan la mayoría de edad ¿qué vamos a esperar de Europa? Ya les digo, ni oímos las voces ni los ecos, y por lo pronto, yo me voy a forrar libros de texto, esos mismos que no valen de un año para otro y que dicen una cosa y su contraria según el gobierno de turno y la comunidad en que los compremos. Por suerte hay cosas que no cambian.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.