Jueves, 13 de agosto de 2020

La pesadez de los leves

Farinelli espera todas las tardes a su ama para subir en el ascensor. Entra feliz en el piso donde Lu lo recibe con alborozo. Es una historia curiosa. Mi amiga, que adora a los gatos, lo ha acogido haciendo arrumacos a las protestas de su esposo que cree que dos son muchos. Viene de pasar buena parte de la jornada en el jardín zoológico, un parque modesto con el que el edificio linda. Cuando desea regresar, una vez en la casa, el guarda del inmueble abre la puerta del ascensor y pulsa el botón del quinto piso a la par que avisa por el timbre interno que el gato sube. Su ejercicio de salida es similar, cuando lo desea, entra al ascensor, se pulsa para descender y baja solo, con la suerte de que puede salir a la calle por una puerta con barrotes. Allí se encuentra a sus anchas y compadrea con los mapaches. El nombre se lo puso mi amigo porque al parecer estaba castrado, algo que ahora resulta incierto pues la gata Lu está preñada.

El embajador volvió a tocar la campanilla porque, durante la cena, Pulgarcito afilaba con fruición sus uñas en las patas del mueble de caoba que había traído de Indonesia. Se trataba de pedir discretamente al mayordomo que lo sacara de allí. El protocolo impedía que él mismo lo hiciera. La velada era particularmente interesante ya que había invitado a tres prominentes intelectuales del país con quienes quería intercambiar algunas ideas acerca de publicar en una editorial universitaria local el libro que acababa de terminar sobre relicarios del siglo XVII, periodo en el que se decía experto. El taimado investigador de la Universidad pública con el que venía negociando la publicación se resistía a ello y solo el apoyo de los comensales de esa noche podía torcer la decisión. Pulgarcito no solo podía arruinar su arcón sino evidenciar ante los invitados su falta de esmero por permitirle campar a sus anchas entre tanta reliquia.

Farinelli, Lu y Pulgarcito se ven de vez en cuando asomados a sendos ventanales que comparten frente por frente uno de los patios del edificio donde viven mis amigos y el embajador. La indiferencia define una escena que, sin embargo, inquieta al plenipotenciario que llama cada dos por tres a mis amigos reclamando que sus gatos hostigan al suyo. Falto de otro cometido en la embajada y terminada su ardua investigación que era determinante para su permanente vanidad, vigilar a los gatos vecinos y reprimirles es la tarea que más encono le produce. Más todavía por el hecho de que algún día al esperar al ascensor para subir a su piso se ha encontrado con Farinelli saliendo. Esa actitud contra natura de un gato díscolo que se ausenta del hogar a su antojo le provoca un enfado mayúsculo. No obstante, fiel a la obligada templanza diplomática no es sino al llegar a su apartamento que reclama al mayordomo que ponga orden en la casa.