Lunes, 12 de noviembre de 2018

El reconocimiento en el fútbol

Los futbolistas, en su profesión, desean sentir que progresan, que rinden cada vez más, esperando además que sus entrenadores se lo reconozcan

Marogar reflexiona cada semana sobre el fútbol en SALAMANCA AL DÍA

             Sinceramente, me gusta releer literatura en general  y más los capítulos de fútbol de esos libros que fui pergeñando, después editando, que plasma numerosas ideas que yo las daba ya por olvidadas.  No dejo de reconocer que los buscadores nos facilitan muchísimo nuestros asuntos “desmemoriados”, en general acudo a google y me sumerjo en temas que, a veces, crees que son pensamientos originales y te encuentras con enfoques de distinto cuño sin necesidad de que lo hayan escrito grandes y preclaros literatos.

                 En asuntos de fútbol, recuerdo algunos pasajes de mi libro “De fútbol y de hombres” muy oportuno me parece aquel sobre el “Reconocimiento”:  “Es una de las máximas retribuciones motivadoras, no dinerarias, que toda persona puede, y debe, recibir como aceptación más o menos explícita a su desempeño positivo. Y debiera ser considerado tanto en la familia como en la empresa, en la sociedad en general, en el deporte y, singularmente en el fútbol… La auténtica desgracia es cuando los profesionales son olvidados aunque en su momento dieran amplias satisfacciones en su entorno, incluso fueron un modelo para sus compañeros. Claro que, muchas veces, se escuchará la típica frase de los desagradecidos: “¡No hizo nada extraordinario, que yo sepa… Al fin y al cabo, para eso le pagaban…!” Nunca acepté, como posicionamiento personal, la actitud finalista de: “Dame pan y llámame perro”… Una sociedad tan desagradecida no es sana...”

                   “Son los futbolistas unos niños grandes que no piden juguetes, ni dulces, ni chucherías caprichosas… Ellos, en su profesión, desean sentir que progresan, que rinden cada vez más, esperando además que sus entrenadores se lo reconozcan. Primero, alineándolos y, después, felicitándolos por su trabajo, por el cumplimiento de una misión, esperan una palabra de aliento, una simple palmada en los hombros… A principios de los años ochenta, estando yo entrenando en tercera división a un filial, mi equipo se clasificó en segunda lugar y jugamos la fase de ascenso a Segunda B. Fue un equipo confeccionado con mucho cariño, 23 jugadores de menos de 19 años de media. El primer equipo, esa misma temporada, ascendió a Primera División. Antes de iniciar la siguiente campaña solicité un aumento de sueldo para mí y el entrenador del equipo juvenil de la división de honor, vivero del que nutríamos el tercera división. Me dijeron que tenían unas obligaciones muy altas para confeccionar el primer equipo profesional…. Aquel “dispendio” directivo hubiera representado para las arcas del club un coste de DIEZ PESETAS, o sea, UN DURO para mí y UN DURO para el entrenador del juvenil. Nunca recibimos, después, ningún reconocimiento dinerario ni tampoco de otra naturaleza”.

       “Se demuestra con ello la permanente torpeza directiva. Analicen también esta pequeña anécdota sobre el directivo responsable de la parcela técnica. Se fue una semana a Palma de Mallorca, con su mujer, a observar los entrenamientos del equipo contrario. En el informe consiguiente al entrenador principal, describía así una jugada de estrategia: “En las faltas, un jugador pasar por encima del balón y otro dispara...” Una maravillosa gestión técnica sin reparar en su precio.