Miércoles, 23 de octubre de 2019

¡ÁBRETE!

Resultado de imagen de fotos de la curación del sordomudo

            Nuestra mente puede ser una cárcel o un universo en expansión. ¿Quién no ha tenido la experiencia de sentirse atrapado en sus propios pensamientos cuando estos dan vueltas y más vueltas sin permitirnos un respiro? y ¿Quién no ha sentido alguna vez al escuchar a alguien, leer un libro o pasar por una experiencia dura de la vida, que todo toma nuevo sentido, hasta el punto de dejar a un lado lo que se venía viviendo y empezar a vivir de otra manera? (Esto les suele pasar a enfermos que tienen una segunda oportunidad en la vida).

            Pues bien, la diferencia entre la estrechez de una cárcel mental y la amplitud del espacio infinito, está en una actitud humana que nos diferencia a unos de otros: estar abiertos a todo lo bueno, o estar cerrados y quietos en lo malo. Es casi una filosofía de la vida que a unos les lleva a ser optimistas, positivos y abiertos, y a otros les hace encerrarse en sus razones, en sus vivencias y en una mirada estrecha de la vida.

            El Evangelio de Hoy me parece de una actualidad increíble. El hecho de que la religión esté siendo relegada al espacio personal, respecto a tiempos pasados en que regía toda la sociedad, no tiene por qué ser un obstáculo a la hora de que nosotros, los creyentes abramos nuestros oídos a la Palabra de Dios y dejemos que impregne nuestros afectos y sentimientos, para que lo que hagamos, sea lo que sea, lo hagamos en el nombre del Señor.

            Nunca como hoy ha habido modos y maneras de comunicarse los hombres entre sí, en tiempo real, con imágenes y palabras que nos acercan unos a otros. Estamos asistiendo a un despliegue de información extraordinario, que no todo el mundo sabe manejar. Aquí cabría decir aquello de san Pablo a los romanos: hermanos aborreced lo malo y apegaos a lo bueno! Esta sería una estupenda manera de aprovecharnos de tanta información.

            En este momento está permitido decir cualquier cosa (a esto le llaman "libertad de expresión"), olvidando que la buena comunicación no está en hablar mucho o dañar a otros con la expresión de nuestros contenidos ideológicos o estrechas maneras de ver y contemplar la realidad, sino en comunicarnos unos con otros en amor y respeto.

            Vivir es el arte de saber escuchar y querer responder. Nacemos escuchando antes de aprender a hablar. El niño aprende a hablar escuchando lo que sus padres hablan (de hecho por eso se le llama la lengua madre a la que aprendemos de ellos). Es tiempo después, cuando eso que escuchamos en nuestra infancia termina configurándonos y entonces empezamos a hablar desde nuestro ser, desde nuestra mismidad.

            Nuestra fe permite que en nosotros se obre el milagro de "abrirnos el oído y los labios". Escuchando la Palabra de Dios, podemos después expresarnos desde lo profundo del corazón. Esta misma fe nos da un espacio de comunicación y pone en nosotros palabras de aquel que se definió como la Palabra del Padre. El nos ha hablado primero, y nos ha comunicado los secretos íntimos de Dios que nadie antes había conocido. Es el Señor Jesús el que puede decirnos (si queremos oírlo) que nuestra suerte es grande, muy grande, porque como hijos de Dios tenemos una herencia de gloria esperando a ser compartida.