Lunes, 9 de diciembre de 2019

Saber por sabor

Cuando nacemos todo es lengua. Antes, incluso, quien todavía no ha nacido ha sabido cómo traer el pulgar a su boca para succionarlo. Lo ves en las ecografías ante el aplauso de los padres que, entonces, dicen mira se ha encontrado el dedito y ya chupa, y así viene al mundo, con su instrumento explorador preparado y a punto, sabiendo exactamente lo que tiene que hacer. Nadie le ha enseñado, ¿o tal vez sí? Los siglos de maduración de la especie sapiens lo han programado con nuestra bendita memoria de siglos, esta de la que habla Platón cuando dice que aprender es recordar (todos sabemos que tal cual, que, como en los flechazos del amor, hay cosas sabidas antes de nombrarlas), y así el bebito nace.

Un recién nacido se instala entre nosotros con su sistema de supervivencia activado y activo, capaz de palpar, de succionar, de saborear, de alimentarse. Nadie le ha enseñado y él ya sabe que su vida depende de su lengua, de su capacidad para extraer el alimento y, también, de su poder llorar. Un bebé es todo boca, ve y resiste por la boca, percibe en la boca y, después de algunos meses no hay manera / de evitar que se meta en la boca / todo lo que pasa por sus manos. Para saberlo. Para saborearlo. El primer saber es un sabor y está en la lengua del recién nacido, en su ansia de probar el mundo a lengüetazos.

Poco después empieza la abstracción: el cerebro se agranda, configura los mapas del significado / se activan / circuitos complejos para representar el mundo, para dibujarlo, esta es mamá y este es papá, dice el pequeño, y escribe la eme al lado de la a y lee, muy-lenta-mente, la sílaba ma, con la misma lengua con la que antes la chupaba, a su madre, su primera casa.

El músculo se especializa. La lengua ha pasado de saber las cosas por su sabor a saber las cosas por su imagen, por su representación, por las palabras que las nombran. Una palabra es un saber que contiene el sabor y el olor y el color y el tamaño, esa extremoso misterio que mete en las letras un mundo: hágase en la mente una nube —¿pero en qué se parecen la ene la u la be y la e a ese copo blanco con forma de oveja que flota en el centro del cielo?—, y cierras los ojos, repites «nube» y es como si la vieras, allí está tu nube, la creas, y el niño cierra sus ojos si ya sabe la palabra «mariposa» y, aunque no la haya alcanzado nunca, la dibuja con crayones verdes, con sus antenitas, cuando la maestra le pide que pinte, en la clase de animales. El niño ha aprendido en su libro que esto es un caballo y esto una ma-ri-po-sa. Y ha escrito en su cuaderno las letras de su lengua materna antes de volver a llevarse el lápiz a la boca para seguir chupándolo. La lengua y la lengua. Ambas conocen y acaso sean casi lo mismo: ese músculo en el centro de la boca y la palabra que el músculo dice, saboreándola, para crear y para destruir.

Los niños pequeños se sacan la lengua. Con el gesto enfadado, se sacan la lengua y es su manera de enseñar los colmillos cuando no tienen dientes. Crecemos y entonces la lengua, ese vientre que crea los mundos, a veces deviene en cuchillo, hay lenguas en muchos acentos y también las hay viperinas, lenguas que duelen cuando se desenroscan. Eres tonta eres tonto, te dicen, nos decimos, olvidando / que la lengua servía para cosas distintas: nutrirnos, crear, recorrernos, besarnos. Eres tonta, le dice ese chico a esa chica en mitad de este parque y la chica contesta más tonto tú, imbécil, pero qué te has creído, y le grita, le grita, le grita hasta que él pronuncia esa palabra feísima y entonces. Ella llora, se suena, se alza, le da un puntapié en la cintura y lo deja doblado en el suelo, le dice más zorra tu madre y se va. Y todo se queda tan mustio, tan triste con la lluvia cayendo, tan desabrido.

Esas lenguas, la de ella y la de él, que hace apenas un par de semanas yo veía entrelazadas, la boca en la boca, saboreándose, esas lenguas gracias a las cuales, según dicen, se puede saber si el amor es posible entre dos que se gustan, pues casi todo depende del beso y de a lo que sabe, esas lenguas se vuelven cuchillos se vuelven espadas como si fueran labios y destruyen, así, el amor.

Cuánta boca nuestro mundo y en la boca la lengua para saber con palabras y para saber por sabor. Lenguas para entrelazar, lenguas de seda, lenguas de azúcar, lenguas de serpiente. Hay lenguas que crean el mundo y lenguas que lo destruyen. Cuando nacemos todo es lengua y también después.

Salamanca, 7 de septiembre de 2018