Sábado, 15 de diciembre de 2018

El final del verano

Profesor de Derecho Penal de la Usal

En Mieza el final del verano coincide con la celebración de las fiestas del Toro y patronales de la Virgen del Árbol, en las que, como cada año y como en la mayoría de los lugares de nuestra provincia, acontecen las actividades más variadas, todas ellas sostenidas por los cuatro pilares fundamentales: actos religiosos mezclados con tradiciones milenarias -como el ofertorio de roscas de almendra que realizan las madrinas a la Virgen del Árbol, el baile de la bandera y de la rosca-, los festejos taurinos, las verbenas y el jolgorio de las más de 25 peñas o grupos de amigos (de todas las edades) que día y noche deambulan entre su sede social y las plazas (de las verbenas y de los toros).

Por tal motivo, los miezucos, en esta época, tenemos una mezcla de sentimientos entre la explosión de júbilo por el alboroto festivo que se avecina y la tristeza, porque llega ese final del verano y con él la despedida de muchos amigos con los que solamente coincidimos por estas fechas. Aunque, lo peor, es que la tristeza se agudiza porque vuelve a aflorar el grave problema de despoblación que padecen la mayoría de los municipios de nuestra geografía provincial y regional.

Pensar que en la actualidad nuestra provincia cuenta con menos habitantes censados que en 1920 (342.000 de entonces, frente a los 334.000 de 2018), hace que reflexionemos seriamente sobre las consecuencias que tendrá esta hemorragia demográfica, máxime cuando hace un siglo Salamanca contaba con 35.000 almas y ahora con más de 150.000; lo que quiere decir que la pérdida poblacional es pavorosa en los pequeños municipios. En estos, el censo ha descendido en un porcentaje aproximado al 80 % tan sólo en los últimos 50 años y cuya densidad es inferior a los 10 habitantes por kilómetro cuadrado, cuando en los años 60 del pasado siglo rodaba los 50 h/km2. En algunos municipios, como Pozos de Hinojo, ese porcentaje es de tan sólo del 0,8. Negro horizonte es el que le espera a la población rural en nuestra vasta región. Recordemos que los expertos en demografía consideran que cuando en una comunidad la densidad de población baja de los 10 habitantes por kilómetro cuadrado está condenada, por desgracia, a la desaparición.

Y ante este problema, ¿qué han hecho nuestros gobernantes? Mirar para otro lado, porque no se ha invertido lo suficiente en el desarrollo de nuestras comarcas, en regenerar el tejido productivo, en incentivar a los agricultores y ganaderos, en potenciar el turismo en algunas zonas de excepcional belleza paisajística como Las Arribes del Duero. Tampoco se potencian las ayudas a la dependencia, que podrían generar muchos puestos de trabajo y mejorar la atención de los mayores en una comunidad tan envejecida como la nuestra. Además, también está sobre la mesa de nuestros gobernantes la reducción de profesionales de la sanidad y en algunas comarcas la asistencia quedara reducida a las urgencias médicas y a una consulta semanal de atención primaria. ¿Se lo imaginan? Ojalá me equivoque, pero los augurios no son demasiado favorables.

La canción del Dúo Dinámico que decía “el final del verano llegó, y tú partirás. Yo no sé hasta cuando, este amor recordarás”, es una canción triste, sí; pero sólo narraba la vuelta al estudio, al trabajo, después de unas vacaciones inolvidables en las que el amor entre dos adolescentes había anidado y el regreso a la normalidad era la causa de esa ruptura/interrupción que, lógicamente, producía nostalgia y pena.

Pero en nuestros pueblos, en nuestra tierra, la vuelta de las vacaciones rompe aún más la rutina diaria de los días del estío en los que hay colas de decenas de metros en la panadería de Mieza, en los que es imposible coger una mesa libre de las terrazas de los bares, en los que por no haber sitio no lo hay ni en la Iglesia en las misas dominicales (y eso que el aforo de la Iglesia de Mieza es considerable). Mieza y el resto de nuestros pueblos quedan vacíos, tristes, solitarios, taciturnos, famélicos. Y los que amamos nuestras raíces se nos llenan los ojos de lágrimas, porque recordamos aquéllos días felices de nuestra infancia y juventud correteando por las calles del pueblo abarrotadas de gente a todas horas. Pero aquello pasó, aquello se fue, y me temo que, si el destino no lo remedia, será para siempre.

Y en este triste escenario, las canciones que nos vienen a la memoria se parecen más a la de “pueblo blanco” de Serrat, “colgado de un barranco/ duerme mi pueblo blanco/ bajo un cielo que, a fuerza/ de no ver nunca el mar/ se olvidó de llorar./ Por sus callejas de polvo y piedra/ por no pasar, ni pasó la guerra/ sólo el olvido” o a la de “qué será” de José Feliciano, “pueblo mío que estás en la colina/ tendido como un viejo que se muere./ La pena, el abandono,/ son tu triste compañía”.