Sábado, 21 de septiembre de 2019

Tirando trastos

A parte del personal que más quiero le está dando por el “decluttering” cosa mala. Es decir, por deshacerse de aquello que no sirve alrededor nuestro con ganas no sé si de llegar al nirvana a la hora de limpiar o de alcanzar el éxtasis minimalista frente a paredes vacías. Toda una declaración de principios con nombre inglés para que dejemos a Marie Kondo y su teoría de la magia del orden, tan nipona ella y nos dediquemos no a doblar camisetas, sino a arrojar por la borda todo lo que sobra. Es el imperialismo del concepto porque si no se enuncia en inglés, no existe. Y eso que ya lo decía mi abuela (bien afirma el Eclesiastés que no hay nada nuevo bajo el sol) con un arcaísmo maravilloso: tienes las estanterías llenas de antruejos y te vas a estar una hora quitando polvo.

Mi abuela no es que fuera minimalista, es que era de pueblo y de posguerra. En su casa todo estaba medido para ocupar poco espacio, tener una finalidad y que durase. En casa de mis abuelos nada sobraba y el reciclaje era una realidad y no una palabra porque no estaba inventada: las sobras de la comida, para los cerdos… las latas, para hacer cajas, la madera para la lumbre… y el poquito, poquito plástico, para lavarse bien, reutilizarlo y dejarlo todo en estado de revista. Claro que con el paso del tiempo la cosa se fue complicando… todo era nuevo, asequible y estaba al alcance. El tiempo nos ha ido cubriendo de objetos y sacamos la manita en medio del ahogo para coger aire y seguir chapoteando entre pendientes impares,  calcetines sueltos, collares rotos, libros que no leo, ropa que no me pongo,  dibujos de la niña, pelis en video, cassettes históricas, vinilos rayados,  cartas de amor caducadas, fotos envueltas en plásticos que se deterioran,  álbumes de recortes de actos olvidados, y si me apuran, rostros que no recuerdo. Y mientras el montante de la vida me arrolla, mi hermana y mi primo se dedican a practicar y a predicar el decluttering aireando habitaciones, tirando por la borda todo lo que sobra y haciendo de su casa y de su mente un espacio por donde corre el aire, ese mismo aire que, de tanto circular por mis estantes, lo siento enrarecido de voces y recuerdos, de voces y de ecos. Tengo voluntad de coleccionista, Diógenes de amor y alma de chamarilero.

Admiro su higiene mental y física, pero aquí me tienen, amontonando. Lo mío no es consumismo, sino deseo de perdurar, de mantener, de cuidar la memoria. Por eso lo guardo todo y a veces me abruma esta historia nuestra, tan circular, tan opresiva. Será por eso que queremos tirar por la borda lo bueno, lo malo, lo regular, lo terrible para seguir repitiéndolo, alejar lo doloroso para no recordarlo. Quizás sea eso, sí, un borrón y cuenta nueva colectivo que nos distraiga de lo importante. Un lavado de cerebro colectivo que nos devuelva a la inocencia y nos creamos todo lo que nos dicen. Sí, quizás subyace eso en lo de tirar trastos viejos, o es posible que estemos hablando de vaciar para después irse de compras y llenar de nuevo. Es el mito del eterno retorno, por eso les escucho con una mano en el plumero y otra bien cerrada para que no se escape nada. Ni lo bueno, ni lo malo, ni lo regular. Que tiren ellos.

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez