Martes, 22 de enero de 2019
Ciudad Rodrigo al día

Discreto recuerdo de los “desconocidos” del cementerio de Robleda

Los cadáveres de Fermín Mateos y de Julián Ovejero, después de ser acarreados por sus familiares a lomos de caballerías, fueron enterrados en la parte civil del cementerio católico

En estos días (entre el 1º y el 6 de septiembre) se cumplen 82 años de la ejecución extrajudicial de la tercera tanda de republicanos de Robleda, cinco vecinos,  de un total de  21 personas, sin contar cinco forasteros asesinados en el tramo de la carretera entre la localidad y el antiguo puente de Vadocarros (Iglesias, “Croniquillas”, 06/09/2016). Solamente dos de ellos, el alcalde Fermín Mateos Carballo y el jornalero Julián Ovejero García, fueron eliminados en sendas detenciones sangrientas llevadas a cabo por fascistas locales en parajes alejados del núcleo urbano. Por orden del juez municipal Julio del Corral, escribiente y jefe local de Falange, se inscribió su defunción como “desconocidos”. Lo mismo hicieron con el cadáver de un forastero (hoy identificado como Félix Hueso), pero la defunción de otras tres o cuatro víctimas, por lo menos, ni siquiera fue inscrita en el registro civil. 

Los cadáveres de Fermín Mateos y de Julián Ovejero, después de ser acarreados por sus familiares a lomos de caballerías, terciados entre sacos de paja, y de ser objeto de vejaciones por parte de sus adversarios, fueron enterrados en la parte civil del cementerio católico. La siguiente fase de la desvergüenza se consumó al año siguiente, pues, a raíz de su culpabilización, sirvieron de coartada para que Julio del Corral no fuera condenado a muerte en un consejo de guerra (18/09/37), como el fiscal militar había solicitado, por sus latrocinios, más que por su responsabilidad en las ejecuciones extrajudiciales (que él mismo reconoció). En un informe exculpatorio, que emanaba del ayuntamiento militarista y probablemente redactado por el propio padre del victimario, que era el secretario, se describía a  Julián y a Fermín como cabecillas rebeldes contra el Movimiento y a otras víctimas como comunistas, ladrones y comparsas de los anteriores. El victimario fue condenado a cadena perpetua (30 años, de los que cumplió media docena), pero la leyenda negra contra sus víctimas se ha trasmitido en la tradición derechista robledana hasta el día de hoy.  

Desde los años setenta o incluso antes en las tumbas de estos republicanos fueron enterrados otros cadáveres, y finalmente las parcelitas de terreno, indiscriminadamente y sin reparo alguno, fueron vendidas por los párrocos a los vecinos que las solicitaron para instalar en ellas sus sepulturas o panteones. Por consiguiente, hoy será muy difícil empresa la identificación y recuperación de los restos mortales de aquellos represaliados. En espera de otra solución mejor, en 2016, algunos familiares de las dos víctimas mencionadas consensuaron con las autoridades civiles y eclesiásticas una placa en memoria de todas  las víctimas republicanas allí sepultadas en 1936.

Tres claveles recordaban ayer con sus colores la causa de la bárbara e ignominiosa ejecución de estos robledanos y de varios forasteros, cuyos restos quizá estén mezclados con los de alguno de sus ejecutores.