Miércoles, 23 de octubre de 2019

Libres como el viento

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            “¿Por qué no siguen tus discípulos la tradición de los mayores, sino que comen con manos impuras?” (Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23)

            Para los fariseos (seglares superpiadosos) y para  algunos escribas (doctores de la ley de Moisés), para ellos lo esencial no era el amor o la misericordia, sino cumplir la voluntad de Dios, observando no solo los mandamientos, sino también las normas más pequeñas transmitidas por sus mayores. Lo esencial no es la misericordia, sino el cumplimiento estricto de lo que siempre se ha hecho. Por eso, les irrita que Jesús cure en sábado, que sus discípulos coman con las manos sucias… Les molesta inmensamente la bondad y ternura del Maestro. Se acercan a él con él con las manos limpias, pero con corazón manchado por la maldad.      

            Jesús no ignora las tradiciones de sus antepasados, pero combate el concepto legalista de las mismas y quiere que sus discípulos sean libres, su mensaje es un mensaje liberador. 

            A los judíos que habían creído en él les dijo: Si os mantenéis fieles a mi palabra, seréis realmente discípulos míos, entenderéis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn  8, 31). El Maestro de Nazaret fue siempre un hombre soberanamente libre y se opuso a toda forma de opresión: ante la Ley: “El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27); ante la familia: “Y mirando a los que estaban sentados en círculo alrededor de él, dijo: Mirad, estos son mi madre y mis hermanos” (Mc 3, 34), ante el templo (Jn 4, 21): “Créeme, mujer, llega el momento en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre” (Jn 4, 21).

            La reacción de Jesús es durísima. Tras llamarlos hipócritas, les hace tres acusaciones: su corazón está lejos de Dios; enseñan como doctrina divina lo que son preceptos humanos; dejan de observar los mandamientos de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres.

            ¿Cómo nos acercaremos nosotros hoy a Jesús? ¿Con qué sabiduría? "¡Cuida tus alas!", decía San Agustín a los jóvenes. Lo haremos cuidando el corazón, porque el corazón constituye las alas del espíritu. Si confiamos en él, nadie nos podrá engañar. “No nos faltes tú, Señor, que no hay mayor ganancia que vivir confiando en ti. ¡Oh Señor, cuán diferentes son tus caminos de nuestras torpes imaginaciones!” (santa Teresa de Jesús)

            A los cristianos Nos recuerda Santiago, 1,17-18.21-27 que tenemos el mismo peligro que los fariseos de engañarnos, dando más valor a cosas menos importantes. Pues tenemos que convencernos que la religión verdadera es la de preocuparnos por las personas más necesitadas; el autor, siguiendo una antigua tradición, las simboliza en los huérfanos y las viudas. Cuando recordamos la parábola del Juicio Final («porque tuve hambre…») se advierte que el autor de esta carta piensa igual que Jesús.

            Los cristianos tenemos el mismo peligro que los fariseos de engañarnos, dando más valor a cosas menos importantes. El final de esta breve lectura ofrece un ejemplo muy interesante. ¿En qué consiste la religión verdadera, la que agrada a Dios? ¿En oír misa diaria, rezar el rosario, hacer media hora de lectura espiritual? Eso es bueno. Pero lo más importante es preocuparse por las personas más necesitadas; el autor, siguiendo una antigua tradición, las simboliza en los huérfanos y las viudas. Cuando recordamos la parábola del Juicio Final («porque tuve hambre…») se advierte que el autor de esta carta piensa igual que Jesús.

            Cuando la religión, se convierte en culto vacío, en simple rutina, se acaba la vida y languidece hasta morir. Ya no hay sabiduría, ni inteligencia, ni cercanía de Dios. La religión no puede ni debe anular la conciencia de la persona. Dalai Lama dijo en cierta ocasión que la mejor religión es la que hace al ser humano más feliz. Y yo añadiría, que es aquella que le da alas para ser libre y le hace abierto al universo, pues “En un estado verdaderamente libre, el pensamiento y la palabra deben ser libres.” (Suetonio)

            “Nosotros somos la Tierra que camina, que piensa, que ama, que venera. Debemos aprender del universo, que es un sistema abierto, a estar también siempre abiertos y atentos para lo nuevo que pueda irrumpir”  (Leonardo Boff).