Martes, 16 de julio de 2019

Los pasos perdidos

Una mañana de este mismo agosto que se apaga, en un prado, bajo un castaño, convertido aquel en terraza de hotel, sentado ante una taza de café con mi esposa, escuchaba desde una mesa cercana, en la voz de un hombre, con tono argentino, una historia albercana, que me llevó enseguida a la extraordinaria novela de Alejo Carpentier, titulada ‘Los pasos perdidos’, publicada justo el año en que yo naciera.

Era una historia de quien, al llegar a La Alberca, su pueblo natal, buscaba un huerto al que iba a trabajar de niño, con su padre y con su abuelo, y ya casi no encontraba ni el camino –tan perdido se hallaba– para llegar a él.

Es, al tiempo, una parábola de cómo el paso del tiempo todo lo difumina y lo borra; de tal forma que, cuando queremos confirmar los datos que en nuestra memoria albergamos, la realidad nos los desmiente.

Tuve enseguida la posibilidad de hablar con el narrador de tal historia (que estaba acompañado por Olga, su esposa) y lo que me contó, en nuestro diálogo, me resultó absolutamente conmovedor. José Antonio Puerto Iglesias nació en La Alberca. A los once años, en 1952, se fue con su madre, hermanas y abuelos maternos a Argentina, llamados por su padre, que ya se encontraba allí desde hacía dos años.

Para tal emigración, hubieron de quemar las naves, esto es, vender casa y huertos, para hacerse con algunos recursos económicos y afrontar la marcha. El viaje y la espera, durante unos diez días, en el puerto de Vigo, fueron menguando los bolsillos del abuelo, que era quien llevaba los ahorros.

Al fin, terminaron marchando. Llegaron a Argentina y allí sigue establecida esta saga familiar, donde –como no podía ser de otro modo– ha echado sus raíces, a través de las sucesivas generaciones.

José Antonio Puerto Iglesias desarrolló su actividad profesional, con sucesivos progresos, en el sector metalúrgico. Desde 1952, en que marchara, hasta este verano de 2018, no había vuelto a su pueblo natal: La Alberca, tras sesenta y seis años.

Sus ojos de anciano, sin duda, habrán visto un lugar de origen, desde un entretejido humano en que se hallan los recuerdos de la niñez, más también la experiencia vital en otro continente, con otras gentes, con otros vínculos humanos, con un mismo idioma, sí, pero con distinta entonación y con distintos giros y vocablos.

Una de las fortunas que he tenido este verano ha sido la de recibir la historia y la peripecia de emigración americana de un paisano mío –José Antonio Puerto Iglesias–, además con mi mismo apellido y, sin duda también, con una memoria infantil que tendrá no pocos puntos de contacto con la mía propia.

Cuando, en ocasiones, determinados sectores de nuestra sociedad son adversos a los inmigrantes, siento que no tienen en cuenta –y esto es una actitud desagradecida– a todos los españoles que han tenido que emigrar (a América, primero; después a Europa), para abrirse camino en la vida y que, con los recursos económicos que fueron enviando a España (las divisas), contribuyeron tan decisivamente a levantar nuestro país.