Viernes, 15 de noviembre de 2019

Cena de verano

Cuando Tere me gritó a los postres que lo escribiera fue definitivo. Ya habían caído unas cuantas botellas de vino. Los niños estaban traumatizando al gato de Juan y el cegador foco de leds del tío Luis iluminaba gran parte de su terreno serrano al tiempo que deshacía las retinas de los que estábamos sentados a este lado de la mesa. Porque acabamos sentándonos, qué remedio. Los años no sólo se acusan en lorzas y calvas (o canas en su defecto). Que la barbacoa de pie está muy bien para moverse y poder hablar con todos pero, al final, como cada casi siempre: los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Las batallitas una y mil veces repetidas son un implacable selector natural.

La excusa esta vez no era una boda, ni siquiera un bautizo. En esta ocasión ni siquiera estrenábamos una casa nueva. Era que Javi terminaba su descanso extremeño y regresaba al trabajo en Roma. Y como tenía que pasar por Madrid y pillaba justo al final del verano, pues venga, pues vale. Pues yo voy, y yo también. Total, que a Goyo, que andaba cerrando el mes en Valladolid se le metió en la cabeza que Madrid le pillaba de paso de camino a su casa en Burgos. Contradecirle en estos casos es como negarle a nuestro añorado Manolo -siempre presente- que no pasó por Gijón su tren el día que llegó tarde a Salamanca procedente de Navarra. Edu, recién llegado de Cáceres, se puso al frente de las brasas para que todo estuviese en su punto y a punto. Increíble cómo se manejan los profesores de Alcalá para gestionar el hambre canina de un grupo tan numeroso como el de nuestra familia de Recoletos. Siempre con la imprescindible ayuda de Jacin ejerciendo de madre y organizando al personal. Primero los niños, que cada vez son más. Lo de creced y multiplicaos lo llevamos a rajatabla. Aunque Chema y yo hayamos decidido hacerlo a lo ancho. Lo de crecer, digo.

Y claro, hicimos homenaje a los ausentes y exiliados. Selfi de grupo antes del cenorrio para dar envidia a Rafa, de asueto en el valle lingüístico y vitivinícola de su Rioja natal, y a Félix, casi coincidiendo en su móvil con la alarma para levantarse a currar en Manila. O en Bangkok. O en Camboya, que nuestro hermano filipino es ahora multiasiático.

Nos pusimos al día: Los padres, los hermanos de sangre, la familia de carne. Qué tal el verano, los planes de futuro. Penas y alegrías de los últimos tiempos. Coincidencias y casualidades compartidas. Nombres de gente que pasó por nuestras vidas y a las que volvemos a pasar por el corazón en recuerdos suaves o no tanto. Y morcilla de Goyo con anécdota de Mercadona; queso y dulce casero de la Sierra de Gata elaborado con el cariño de Loli para los que todos somos un poco hijos y nietos; hornazo espectacular de Los Villares que trajeron los de Castellanos de Moriscos a sabiendas de que no es tan bueno como el de Las Arribes, como el de la infancia en Vitigudino; excelso salmorejo de mango con el toque de Chus, la anfitriona. Y langostinos para amortiguar la llegada a los que venían directos de Chipiona. Todo esto sumado a la costilla, la pancetita rica, las chuletas, más morcilla, choricito y vino de Los Arribes zamoranos. Aunque a Tere, de la Tierra del Pan, le gustase tanto o más que el riojano. 

Refrescaba en la sierra donde se miran las flores. La luna se iba levantando menguante. Juan, Martín y Oliver andaban preocupados detrás del gato. Al parecer Candela, Martina y Sofía lo habían traumatizado. Ana dudaba entre los juegos de los pequeños y las conversaciones de los mayores. Acabamos con los helados y, tras los licores, una ronda de buenos abrazos para volver a casa con la dulzura y la alegría de vivir unidos los hermanos.