Domingo, 8 de diciembre de 2019

Tempo al tiempo

El futuro es un tiempo verbal, o ni siquiera, y es tan importante que tampoco. El tiempo verbal que se llama futuro a veces resalta un pasado, como cuando decimos que alguno habrá dejado los grifos abiertos para explicar las causas de la inundación. Se sabe que las causas están siempre antes, también si son causas apenas probables, entonces por qué este futuro tan loco. O cuando decimos «estará equivocado» para aventurar la causa de su desatino. Las causas son primero que el suceso, ¿entonces? Qué es el futuro. Y por qué. Y para qué.

Decimos nos vemos mañana y ese mañana organiza las horas de hoy, los minutos que, en adelante, deberán ser usados para llegar a esa hora en la cual nos veremos. Minutos como pasos, uno-después-del-otro. Decimos «que llegue de nuevo el verano, ha pasado tan rápido» y nos sentamos a que el tiempo lo traiga, y si llueve decimos qué cosa otra vez este viento, ay. Decimos «en octubre», pensamos en la cena cuando el desayuno, así los años. Con los ojos puestos allí, en esa imagen de un día de pasado mañana que nos saca de aquí, con sus consecuencias.

Hay un cuento de Borges, ¿te acuerdas?, ese que dice que hay tribus para las cuales el tiempo camina hacia atrás y viene en sentido contrario: la fuente es la meta. Desde allí nos alcanzan los días para hacer con ellos lo que decidamos. Es compleja esta idea, mira, supone pensar que hay destino y que podemos llegar, o no llegar, la diana es el sitio soñado, un estado de cosas que se anhela como deseable: ese paisaje. Supone, después, dibujar un mapa de rutas hacia ese paraje hacia el que se camina, supone decir quiero estudiar, quiero aprender, quiero crecer, quiero tener un trabajo y también una casa desde donde mirar la llegada del tiempo, sus caballos robustos. Requiere también empezar, dar los pasos, crecer, construir esa vida orientada, supone. Así, el futuro es la meta que ha sido la causa del comenzar. La causa. La causa, es decir el futuro, está antes, ¿comprendes? Esta es la estrategia: los pasos apuntan al norte y el norte está solo por dentro, en el centro del cuerpo: deseamos. Llegar a un lugar que no existe. Decimos mañana, decimos otoño cuando es primavera, decimos verano en invierno. Qué criaturas bonitas que somos con este cerebro tan emocionante. Diseña lugares hacia donde partir, antes de que haya la mínima ruta, y así nos llevó hasta la luna. Alguien dijo, iremos allí. Era casi imposible, ¿acaso podíamos volar? Y llegaron.

Pero existe, en ello, un problema. Sucede que, a veces, el futuro se acerca, se vuelve inmediato, nos cala. Y entonces decides (porque siempre decides) perder la paciencia / querer / que todo suceda ayer, que todo suceda ya. Y algunos empiezan con su cantilena de estar muy cansados porque todo lo noble, lo bueno, lo sano resulta difícil. Si el ordenador no enciende antes de cuatro segundos, se enfadan, o riñen a golpes su teléfono móvil porque algo no carga, se quejan de la lentitud. Y se congelan. Sin la vieja costumbre de saber esperar, con amor, que los frutos maduren, se quedan sin tiempo. El futuro inmediato se desborda y anega y hay algo que desaparece.

¿Qué quieres hacer cuando seas un adulto? Levantan los hombros. Se hunden. ¿Cuándo?, contestan. Están aburridos y tristes, desiertos, dicen que nada tiene sentido y después se emborrachan, les falta la causa que está en el futuro, bostezan, se hieren el cuerpo. Sollozan, enfermos de tedio, y entonces, en clase, se habla de arroz. Alguno pregunta que cómo se hace y contestan que en un microondas, cincuenta segundos de timer, no saben qué hacer con las horas que sobran, no saben de ritmo, de esfuerzo. Entonces hay alguien que suelta la tiza y empieza a contarles la historia del tiempo. Aquella de una flor que debe ser regada durante muchos meses antes de que brote. Aquella en la que el zorro le dice al Principito que todos los minutos que has dedicado a cuidar de tu rosa hacen que tu rosa sea muy importante. Aquella en la que el arroz se cocina a fuego lento y se come mañana, a cuchara reposada, para que sepa mejor.

Salamanca, 31 de agosto de 2018