Jueves, 13 de agosto de 2020

Josep Fontana, 'in memoriam'

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El trabajo del historiador debe servir fundamentalmente para combatir todo aquello que atenta contra el derecho que cada hombre y cada mujer tiene a su vida, a su libertad y a su dignidad (…) Aunque hemos perdido muchas batallas, nunca seremos definitivamente derrotados.

(Josep Fontana Lázaro)

 

Ha fallecido el historiador español más importante y una persona de gran calidad humana. Aquí trataré de probar lo primero, aunque también podría aportar evidencias de lo segundo. De la solidez de su prestigio da cuenta el hecho de que este se haya mantenido incluso durante las últimas décadas, cuando han predominado en la academia distintas versiones del postmodernismo, más bien alejadas de su visión de la historia: el “choque de civilizaciones”, el “final de la historia”, la historia como confluencia o yuxtaposición de “relatos” equivalentes, el giro cultural y de género, etc.; tendencias interesantes, pero que, tomadas como enfoques unilaterales, hacen caminar mal a la historia, como un perro al que le faltara alguna pata, por así decir.

Fontana defendía una historia global, resultante de la interacción de individuos, grupos sociales y pueblos relativamente libres con intereses, mentalidades y capacidad de acción diferentes, moviéndose en un contexto sobre el que actúan para mantenerlo o cambiarlo en un sentido u otro. Una historia continuadora de la tradición marxista de los Annales y de la sociología crítica, características de los años sesenta y setenta, que resurge ahora con marcado tono polémico, como se ve, por ejemplo, en The History Manifesto, de Jo Guldi y David Armitage (2014), mostrando una atención preferente a las problemáticas de la desigualdad, de la crisis ecológica y de los movimientos e ideas emancipatorias que históricamente han intentado hacerles frente. La historia que escribieron autores como Tuñón de Lara o Julio Aróstegi en España o como H. P. Thompson o E. J. Hobsbawm en el extranjero.

La ingente obra de Fontana puede agruparse bajo cinco rubros diferentes. 1) Trabajos sobre la crisis del Antiguo Régimen y la implantación del liberalismo español, que siguen la estela de su tesis doctoral. Si Artola diseñó hace tiempo el esquema político de esa época en “La España de Fernando VII”, la síntesis de Fontana sobre los aspectos económicos y hacendísticos enriquece la visión, dejándola ya completa –en la medida en que tal cosa puede decirse en historia– con obras posteriores, como los magistrales ensayos de “Cambio económico y actitudes políticas en la España del s. XIX”. 2) Obras de síntesis amplia, como “Por el bien del imperio” o “El siglo de la revolución”, donde la exposición histórica va pareja con la reflexión y la crítica política, sobre todo de la época de la “Gran divergencia” y del triunfo del llamado neoliberalismo (la expresión es de P. Krugman, pero Fontana la adopta), iniciada en tiempos de M. Thatcher y R. Reagan y aún hoy en vigor. Libros imprescindibles para entender el mundo actual y las grandes fuerzas económicas, técnicas, culturales e ideológicas que lo mueven. 3) La dirección de obras colectivas como la “Historia de España” (junto con Ramón Villares  en las editoriales Crítica y Marcial Pons) o la “Historia universal” de la editorial Planeta. 4) Obras de teoría de la historia, como “Historia. Análisis del pasado” o “La historia después del final de la historia.” 5) Ensayos y libros sobre historia de Cataluña como “La información de una identidad” (2014), donde documenta en el largo plazo el origen y desarrollo de la nación catalana. Obra política también, como todas las demás, pero máximamente polémica por el momento de crispación en que aparece. Fontana, a fuer de demócrata y de hombre de izquierdas (veterano militante del PSUC), no puede por menos que defender el derecho de autodeterminación, contextualizándolo en el aquí y el ahora de Cataluña como resultado de una evolución histórica magistralmente expuesta. (Bien entendido que en estas cuestiones lo histórico no es sino el trasfondo de una realidad viva: la voluntad política de un grupo importante, si no mayoritario, de catalanes).

Además habría que tener en cuenta su labor docente y como asesor editorial. O como autor de multitud de artículos, conferencias y prólogos. Sin ir más lejos, el de “Esta salvaje pesadilla. Salamanca en la guerra civil española”, (Ricardo Robledo, ed. Editorial Crítica) Ahí, en pocas páginas, Fontana evoca el ambiente de esa Salamanca que fue la capital inicial del Nuevo Estado franquista, donde el ambiente triunfalista de los milicianos de Falange, militares y “burgueses pavoneándose con una pistola en la cadera, curas sacando pecho con la capa del brazo, que van pisando fuerte por las calles, haciendo el saludo fascista…” contrasta con el mundo de “los barrios de carencia absoluta” que trajinaban “en el silencio del terror”. (La primera es una cita de Unamuno, de la biografía de Blanco Prieto; la segunda, del falangista Alcázar de Velasco). A Fontana no se le escapaba la naturaleza del franquismo, pues la define muy bien en ese prólogo, ni su carácter represor en la retaguardia, pues en una obra muy anterior (“España bajo el franquismo”. 1986) recoge un escrito dirigido a un juez municipal desde Peñaranda de Bracamonte el 13 de agosto de 1936 donde se ordena que los cadáveres de los asesinados por la “fuerza pública” (léase falangistas y/o guardias civiles) sean enterrados lo más rápido posible, sin autopsia ni registro de las causas del fallecimiento. Nuestra investigación posterior nos ha llevado a la conclusión de que se trataba de órdenes emitidas por la autoridad militar (el general Mola en ese momento) con un fin de ocultamiento y de garantía de impunidad de tales crímenes, algo que todavía pesa en el debe de la memoria histórica democrática en la actualidad de la sociedad española.

En definitiva, si la historia es obra de hombres y mujeres que actúan libremente, pero condicionados por sus circunstancias históricas, siendo el resultado de ello el cambio de esas circunstancias, el buen historiador nos muestra no solo la realidad actual, sino las posibilidades alternativas que hubo en un momento dado, que siguen abiertas hoy y que pueden iluminar un futuro colectivo y global más justo, libre y solidario. Josep Fontana trabajó en ese sentido toda su vida, tanto con su obra académica como con su conducta personal. Por eso nos ha servido y nos servirá de ejemplo.