Domingo, 18 de agosto de 2019

Guerra y Paz

Un mundo sin valores, es un mundo donde todo es posible

Kapuscinski

la ética de la justicia es el mejor recurso para el conflicto

Levinas

Hace unos días falleció Kofi Annan, séptimo secretario general de Naciones Unidas, una vida entre la guerra y paz, dirigió las Naciones Unidas en los momentos más duros, sin poder evitar la guerra de Irak. La globalización del mercado ha traído un crecimiento de la economía, pero también de las desigualdades económicas y sociales, no solo en el ámbito internacional, también dentro de los diferentes estados. Este aumento de las desigualdades y sus inestabilidades económicas constituye la raíz de las principales tensiones sociales y políticas de nuestro siglo recién estrenado.

Los grandes empresarios y las grandes multinacionales tienden a deslocalizan su producción para ahorrar costes, buscando las ventajas fiscales o la mano de obra barata. Este mercado libre está socavando la capacidad de los estados para mantener los sistemas de bienestar y proteger el estilo de vida. En la economía global compiten hombres y mujeres de diferentes países con igual titulación, pero con nóminas muy diferentes, un “ejército industrial de reserva”, compuesto por la llegada de inmigrantes de las aldeas más pobres del mundo, buscando una salida digna a su situación.

El punto de inflexión de esta globalización que estamos construyendo, lo encontramos a finales de los años 90, con políticas de ajuste estructural como una disciplina presupuestaria, cambios en las prioridades del gasto público, privatizaciones, liberación financiera, liberación comercial, búsqueda de tipo de cambios competitivos, desregulación de los mercados, entre ellos el mercado laboral. No nos es desconocido la precarización del trabajo y del empobrecimiento de los trabajadores, como una ingeniería prefabricada desde el poder para la construcción de esta nueva arquitectura mundial, que necesita individuos dóciles y disciplinados.

La sociedad del siglo XXI es una sociedad del rendimiento, una sociedad de gimnasios, bancos, torres de oficinas, laboratorios genéticos y centros comerciales. Un mundo que se transforma con el fin de aumentar el rendimiento, con el afán de maximizar la producción. El individuo es un animal laborans que se explota a sí mismo, sin coacción externa, es un individuo que se abandona a la libre obligación de maximizar el rendimiento, es un individuo dócil, que se convierte autoexplotado.

El impacto político y cultural de la globalización en muchos países europeos es desproporcionadamente grande. Así, la inmigración constituye un importante problema político en la mayoría de las economías desarrolladas, a pesar de que el número de personas que se desplazan en este flujo no llega al tres por ciento. No sabemos todavía su amplitud, pero está claro que su impacto ya está teniendo consecuencias políticas nacionales e internacionales. Parece posible que las políticas proteccionistas que se están imponiendo ralenticen el proceso de globalización en los próximos años, pero con un coste humano en los más pobres tremendo.

En lo que llevamos de siglo XXI, los conflictos entre países han disminuido, pero el conflicto transfronterizo y la violencia interna han aumentado en munchos países, socavando el progreso y la deseada paz en el mundo. Entre la larga lista de conflictos bélicos hay que destacar las guerras de Siria e Irak, Sudán del Sur, azotado por una brutal guerra civil; la República Democrática del Congo, Somalia, Yemen, Afganistán, etc.  La guerra es el naufragio del bien, su crueldad, es lo que ha obligado a millones de personas en situaciones extremas a salir de sus casas con lo puesto, condenados el destierro en tierra extraña, siendo rechazados en su dignidad y no protegidos por el derecho internacional.

Vivimos en un mundo marcado por la ausencia de una autoridad global capaz de resolver los conflictos armados. La globalización está avanzando en todos los aspectos, pero los estados territoriales siguen siendo las únicas autoridades, sin que ninguno de ellos ha podido mantener una hegemonía política y militar. A pesar de que Estados Unidos es la gran potencia mundial, portadores de una verdad exclusiva encerrada en sí misma y sin diálogo posible, promueven la mundialización de sus propios intereses. No han podido conseguir una hegemonía global, ya el mundo es demasiado grande, complicado y plural para poder consolidad su dominio en todo el planeta.

La desaparición de los países comunistas ha acrecentado la inestabilidad mundial. En la guerra fría, pocos países se atrevían a cruzar fronteras, ahora ya no es así, además se ha acentuado las tendencias separatistas en numerosos países, incluso en los países más desarrollados hay un fuerte aumento del nacionalismo. Con lo que las guerras transfronterizas y las internas han aumentado desde la guerra fría.  Es el contexto donde debemos situar las guerras de baja intensidad, no convencionales o asimétricas, con pocos efectivos, pero con más intervenciones, ampliándose el conflicto a las económicas, políticas y medios informáticos.

El equilibrio entre la paz y la guerra es posible, pero no es independiente de la justicia, sobre todo de la justicia social. No son suficientes la creación de mejores mecanismos de negociación y resolución de conflictos para evitar enfrentamientos. Vemos que los estados con una economía boyante y estable son menos susceptibles al conflicto social, político y bélico que aquellos más pobres. La paz no es ausencia de guerras, ni volver a la situación anterior, la paz está asociada a la voluntad de cambio que alienta las transformaciones urgentes de las condiciones de vida de las mayorías más pobres, sobre todo del continente africano. Esta prioridad de la justicia pasa por globalizar una cultura de la paz y una ética mundial, que permitan refundar la sociedad con nuevos valores más solidarios.