Domingo, 16 de diciembre de 2018

Papagayos

Entre las grandes paradojas (o no tanto) de la llamada “era de la información” o “era digital” o “de las tecnologías”, que ha multiplicado las posibilidades globales de comunicación e información, se alzan  como grandes decepciones la uniformidad plana y la monotonía repetitiva, y con tal fuerza que su pobreza y mediocridad habitual ocupan lugar tan preponderante y definen (y anulan) de tal modo la pluralidad, que por sí mismas contradicen, asfixian y niegan las supuestas ventajas que para la difusión de noticias y la diversidad informativa debiera propiciar la existencia de facilidad tal de acceso y tan elevado número de fuentes.

A nadie se le ocultan los nada menores problemas que acarrea el fácil acceso general a las redes de comunicación digital, cuales son la utilización perversa de la facilidad de entrada, así como las posibilidades de anonimato, enmascaramiento o engaño (las tan de moda fake news), que posibilitan la extensión de contenidos y la creación de estados de opinión y dinámicas de falseamiento, no sólo de explícita inmoralidad y hasta criminalidad, sino por los perjuicios directos de todo tipo que causan en el seno de cualquier sociedad. Del mismo modo, no habría que desdeñar en base a esos perjuicios, los enormes avances en la extensión del conocimiento, la investigación, la información, la intercomunicación y la cultura en general de desarrollo social que ha propiciado y propicia la existencia de esas redes de crecimiento cibernético, y los inmensos beneficios que la extensión de toda una serie de dinámicas de sistemas basados en la tecnología digital, que han cambiado sustancialmente los modos de vida en todo el mundo.

Pero descendamos a la arena de esta piel de toro tan particular en todo que cualquier día nos sorprenderá con alguna virtud. De los casi innumerables defectos de que el mundo periodístico español (llamémosle así) adolece, y que la variedad de medios de comunicación hubiese debido anular (pero no), la uniformidad temática, el dictado de contenidos y hasta la distribución de tiempos, se alzan como una de las realidades más empobrecedoras y paralizantes en un país cuya opinión pública en general, sumisa hasta la arcada al titular, mimetiza acríticamente y entra al trapo del tema, el día, el contenido y la oportunidad. Con la no despreciable particularidad de que esos dictados son suministrados, a través de los medios, por una clase política y económica cuyos intereses han conseguido adueñarse de la actualidad (mediante el adueñamiento previo de esos mismos medios), dictaminando qué, cómo, dónde y, sobre todo, cuándo ha de hablarse. Y de qué.

Así, empezando por los pequeños informativos y diarios locales que se nutren de la lectura de las notas de prensa oficiales y la reseña de las ruedas de prensa de los organismos públicos, pasando por los temas, desesperantemente homogéneos, de las mil y una tertulias televisivas y radiofónicas, los artículos de opinión de diarios digitales y de papel, los titulares, las radionoticias, los telediarios, las polémicas o los enfrentamientos..., el juego político-partidista y los intereses oficiales de los partidos políticos copan los espacios de información (a los que solo toma el relevo la chabacanería ramplona del colorín, fogones mediante, o el suceso más sangriento) y con una opinión pública desinformada, inculta, desentrenada o, peor, intoxicada con el dulzón cotilleo, infectan las barras de bar, la pescadería y la frutería, el banco del parque, los sofás, las aceras, las cenas y los paseos, las conversaciones, discusiones y diatribas, en una suerte de dictadura de la opinión que coincide con el tema (y, ¡ay!, con el nivel) que se ve en el televisor, se escucha en la radio o se consulta en el móvil.

Una homogeneización que, a poco que uno se interese por lo que se oye por ahí, provoca un sentimiento de desolación e indignación por la rastrera manipulación del pensamiento de la gente; una constatación de la cortedad de la libertad de expresión y el dirigismo interesado que niega la diversidad y la elección. Y también una sensación de pena por cómo se desprecia el país de uno, sometido hasta en el pensamiento a los mercaderes y gurús de lo que quieren que deba ser; o esa íntima tristeza de constatar cómo lo que pudo ser hermoso arcoiris de libertad se ha convertido en tosco brochazo de uniformidad, y de qué modo la abundancia que nos prometía volar, nos ha hecho papagayos.