Martes, 25 de junio de 2019

Adiós a Pueblo de Dios

Dieciocho. Ese es el número que todo lo explica. Dieciocho. Cuando llegué a Madrid para incorporarme al programa de TVE Pueblo de Dios se cumplían 18 años desde su primera emisión en 1982. Corría el año 2000. Hoy, en 2018 (otra vez el 18), una docena y media de años después, seis trienios más tarde, pasados tres lustros y otros tantos años, tengo que decir adiós a Pueblo de Dios.

Llegué apurando la década de mis veinte años de la mano del mejor director, el siempre recordado José Luis Gago de Val. Dominico y periodista, alma y voz de la COPE, hombre bueno al que era imposible decir que no. Y me voy bien avanzada la década de los cuarenta, sin saber nada del futuro director.

En estos 18 años han cambiado muchas cosas. Casi todo. Por el programa han pasado más de una docena de realizadores. También ha habido cambios entre los compañeros de la producción. He trabajado con técnicos de sonido y operadores de cámara de diferente pelaje y condición. Ha habido de todo, como en la viña del Señor. Desaparecieron las secretarias y dejaron de formar parte del equipo, durante la grabación, tanto el conductor como el ayudante de producción. En esta docena y media de años hemos cambiado cuatro veces de despacho en distintos edificios dentro de Prado del Rey. Dos de ellos (el de moviolas y los estudios de color) han sido demolidos para levantar sobre sus escombros lo que será la futura televisión. Me despido desde el EPR, donde tenemos ahora la redacción. Es agosto. Estoy solo. Enfrente, sobre la mesa de mi compañero Ricardo Olmedo, una caja de cartón con su nombre pegado en un folio. Él recogió sus cosas antes de irse de vacaciones. Yo empezaré en cuanto ponga el punto final a esta despedida. Nos tenemos que ir los dos.

En estos seis trienios he tenido la suerte de conocer de primera mano la gente buena que hay por el mundo malo. Y los he encontrado en los barrios más complicados de todas las ciudades. En cárceles y en pisos de realojo, en chabolas y en casas abandonadas. Aunque me haya tocado salir corriendo alguna que otra vez. He trabajado en países a los que nunca tuve intención de viajar: Burkina Faso, República Centroafricana, Benín, Togo, Mozambique, Madagascar, Paraguay, Thailandia, Honduras, Turquía, Albania, Israel, El Salvador, Guatemala, Brasil, Perú, Costa de Marfil, Uruguay, Senegal, República Dominicana, Bolivia, Indonesia, Palestina… Me he movido en todo tipo de transportes. Barco con camarote y aire acondicionado en la desembocadura del Amazonas, canoa con motor para remontar el Urubamba en la selva peruana, bacs (balsas con cable) para cruzar el río Ubangui en la triple frontera entre Congo Kinshasha, Congo Brazaville y República Centroafricana, cayuco para llegar a la zona del ejército islámico en la isla de Sumatra. Aviones trasatlánticos de distintas compañías, aviones más pequeños para desplazamientos locales, avionetas privadas y una Cessna de los ochenta, sin limpiaparabrisas, donde vi de cerca la muerte sobrevolando reducciones jesuíticas en El Beni boliviano. En carretera también ha habido variedad al gusto. Autobuses para nosotros solos, muchas furgonetas, viajes de varias horas botando en la caja de la pick up comiendo polvo sin descanso. En cuatro por cuatro para subir a lo más alto de los Andes donde el oxígeno es un bien preciado, en carretera de terracería por el desierto de Atacama, rodeados de sal, o en las carreteras rojas de la meseta central de Madagascar. Tierra, barro, gravilla, asfalto y autopistas.

Han sido 18 años elaborando grandes reportajes en formato documental. En un cálculo aproximado me salen en torno a 300 guiones para otros tantos programas. Más de 3.000 entrevistas. Unas 150 horas de televisión especializada en temática social y religiosa. Y no puedo menos que dar las gracias. Ha sido una experiencia maravillosa.

En estos 18 años ha cambiado casi todo a mi alrededor. Me he mudado tres veces de casa. Ahora por fin tengo terraza. Otras tantas cambié de pareja. He estrenado cuatro coches (aunque un par de ellos eran de segunda mano). También he cambiado la moto por una más grande. Se murió uno de mis amigos del alma. Encontré a la mejor mujer del mundo. Me dijo sí. La vida, con ella, me ha regalado dos hijas estupendas. Todo han sido cambios. Casi nada es lo mismo. Todo es diferente. Todo menos mi afición al Atleti y mi fe en Dios. Pura religión.

Sigo como periodista en Televisión Española diciendo adiós a Pueblo de Dios.