Lunes, 9 de diciembre de 2019

Aferrarse al odio

La pasada semana se cumplió un año de los atentados (asesinatos sería más exacto llamarlos) en las ciudades de Barcelona y Cambrils. Asesinatos que dejaron 15 muertos  y 131 heridos. Se recordó a las víctimas, se leyeron textos emotivos, se habló de paz, solidaridad, tolerancia, fraternidad y convivencia.

Varios terroristas fueron abatidos aquel fatídico dia, y otros tantos detenidos, pero de ellos nadie hablo – no es políticamente correcto – pero seguro que sus familias les recordaron y tal vez se siguen preguntando cómo pudieron llegar a hacer lo que hicieron.

Fermín González, colaborador también de esta sección, decía en un artículo titulado “Las caras del odio”: El odio no es despreciable si se odia lo que merece ser odiado. Y al leerlo yo me pregunte ¿quién decide qué es lo que merece ser odiado? ¿no serán esos terroristas victimas tambien de alguien que les dijo qué era lo que deberían odiar y, para su desgracia, le hicieron caso?.

Hermann Hesse, escritor, poeta y novelista alemán, autor entre otros textos de “El lobo estepario[i]” escribe “Cuando odias a una persona, odias algo de ella que forma parte de ti mismo. Lo que no forma parte de nosotros no nos molesta.” ¿Son merecedores de odio los terroristas de Barcelona, de Cambrils o de Madrid, Atocha, Paris, Bruselas, Londres, etc…?

No pude evitar, al escuchar las noticias sobre los actos de homenaje a las víctimas, al ver las muestras de dolor de familiares y amigos, al escuchar las bellas palabras que se pronunciaron; recordar a las familias y los amigos inocentes de los autores de la masacre, que también los hay, que también sentirán dolor y que muchos de ellos sintieron perplejidad al conocer lo que aquellos chicos hicieron- Y entonces me asaltó la duda ¿merecen ser odiados o compadecidos los autores materiales de tan repulsivos actos?. Porque en palabras de François de La Rochefoucauld: Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos. Y es que es de odio de lo que se alimenta la intolerancia, la violencia, la exclusión, el racismo, el fundamentalismo y por tanto la única manera de combatir todo esto es lograr que el odio pasen hambre, que mueran de hambre.

Si las palabras del poema de Jhon Donne[ii] fueron apropiadas para recordar a las víctimas de Barcelona y Cambrils, creo que lo son igualmente para cerrar este texto: Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti. Si no somos capaces de superar el odio será inevitable que las campanas continúen doblando por cada uno de nosotros.

Buda enseñaba que: Aferrarse al odio es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera. ¿Quién deseamos que muera si estamos dispuestos a continuar tomamos el veneno del odio?

Como siempre El Roto, genial

[i] Harry Haller, el protagonista, ha acabado por convertirse en arquetipo literario, un arquetipo en el que podemos reconocer a quienes padecen los efectos deshumanizadores de una sociedad que no conoce la solidaridad y propicia el aislamiento.

[ii] El más importante poeta metafísico inglés de las épocas de la reina Isabel I