Martes, 16 de julio de 2019

Teoría del verano

Ahora que agosto va expirando, dejándose la vida en ese último aliento, como los peces, sean del género que sean, recién pescados, sobre la hierba o la lancha junto al río, la melancolía nos conduce a ensayar una suerte de teoría del verano.

Como especie, estamos marcados por los dualismos, acaso porque nuestro propio cuerpo sea dual (dos lóbulos cerebrales, dos brazos y dos manos, dos piernas y pies…). De ahí que, a la hora de establecer algunos rasgos sobre el verano, nos acuda enseguida la contraposición con el invierno

Siguiendo aquella contraposición nietzscheana, ya clásica en nuestra cultura, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, podríamos establecer otra equivalente entre las dos estaciones a las que aludimos: el verano y el invierno.

Entre ambas, surgen enseguida, a poco que estrujemos nuestro entendimiento, no pocos dualismos: el calor frente al frío (en nuestro hemisferio); el predominio –en los días de ambas– de la luz frente al de la noche; lo extático frente a lo estático, esto es, el dinamismo que el verano propicia frente a la quietud del invierno; el ocio frente a la actividad o la labor; la locuacidad frente al silencio; lo festivo frente a lo laboral; de modo simbólico, en no pocos ámbitos, la pasión frente a la razón… y, en fin, otros varios dualismos de similares características, que nos llevarían a una enumeración sin fin.

Así, en este ensayo a vuelapluma en torno a lo que el verano sea, se irían agrupando en círculo, rasgos como el calor, la luz, el dinamismo y el éxtasis, el ocio, la pasión… y otra serie de matices que apuntarían, prácticamente todos ellos, hacia derivaciones que percibimos, por lo general, como positivas, apetecibles y placenteras; elementos todos ellos a los que, por todo lo dicho, aspiramos y que anhelamos.

Vendría a ser, de este modo, el verano un tiempo, dentro de los ciclos anuales, que soñamos como una suerte de edad de oro, que –pese a su fugacidad– desearíamos ver coronada por la permanencia, una permanencia que sería la del triunfo del goce y del disfrute, frente al dolor, al sufrimiento, así como a todo tipo de penalidades con que la vida nos castiga en no pocos momentos del existir particular (y a veces colectivo) de cada uno de nosotros.

Pero ahora ya, cuando los últimos días de agosto y, por tanto, vacacionales, van asomando su patita –como el lobo disfrazado de cordero–, nos entra a todos un temblor que se resuelve en melancolía, esa melancolía que traen los finales, que nos acentúan la conciencia de nuestra fugacidad en todos los órdenes de la vida.

Teoría del verano. Reflexión melancólica. Porque el estío es como un fruto maduro, un fruto de oro que se coloca a nuestro alcance, pese a que, cuando vamos a cogerlo, para apropiárnoslo por siempre, se desvanezca. Como ocurre con todos los espejismos.