Lunes, 23 de septiembre de 2019

La guerra de los clones

         Agosto tiene esa cualidad silenciosa y cerrada de siesta, de trapa bajada en el negocio de barrio, de tiempo detenido, de oficina quieta… agosto es una siesta interminable al sol rota en ocasiones por princesas que se estrellan en un coche, viaductos que se caen, atentados que nos recuerdan la fragilidad de todo, pobrezas y guerra, que quizás provocan esas oleadas de barquitas frágiles, de gente salvada del mar entre la levantera. Agosto se arrastra, cálido, denso, aburrido… las tardes empiezan a ser más oscuras, más frescas y la chaquetilla sobre los hombros nos recuerda que quizás venga pronto la normalidad y hasta respiremos de alivio.

         Un alivio que deja sin leer los titulares escandalosos porque ya nos vamos acostumbrando a esa guerra de palabras, declaraciones, abusos y prebendas. Algo así como un desasimiento que nos hace olvidar las palabras que, en otras circunstancias, consideraríamos constitutivas de oprobio y hasta de delito. Sin embargo nos hemos habituado a que los políticos prometan y no cumplan, pasen por encima de sus insensateces y hasta de sus fraudes y no pase nada de nada… o sí, porque este estío quieto nos sorprende con el avispero de la historia un tanto enmarañado. A las promesas electorales se las lleva el viento, pero esta propuesta de desenterrar al Dictador ha convertido un espacio olvidado en ese lugar que todos queremos ver antes de que la naturaleza siga su curso y la montaña reclame lo que es suyo. La gruta de los milagros ya no está en Lourdes y mientras, una familia que debería renunciar con dignidad a un espacio que nunca debió pertenecerles, se aferra a los títulos de propiedad para hurtarles a los vecinos de Sada el pazo de la discordia que para mí será siempre la biblioteca de verano de Doña Emilia Pardo Bazán. Humildad y reconocimiento, entrega al pueblo de lo que es del pueblo y silencio, eso debería decidir una familia a la que la Transición trató con exquisito cuidado, el mismo que exhibe el gobierno actual para aplacar las iras soberanistas catalanas. Esas que no se callan y que moldean el discurso a su conveniencia mientras agosto sigue arrastrando el cansancio del curso político y los líderes se van de vacaciones dejándonos con el eco un tanto cansino de que son clones de sí mismos. Y no lo digo por el obvio parecido físico de Rivera y Casado, no, sino por el hecho de que, una vez en el poder, una cosa es decir Digo y otra decir Diego. Y una cosa es nombrar a excelentes ministros y otra, arrasar con todos los cargos del país para pagar favores sin mirar la preparación de los agraciados del sorteo y sin recordar que la mujer del César no solo tiene que ser casta, sino parecerlo.

         Las voces nos suenan vagamente a los ecos. Nos parece inevitable y ahí está el problema. En ver a todos los políticos cortados por el mismo patrón, sacados del mismo molde. Claro que en la modorra de agosto todo nos parece lejano y pensamos que ya nos ocuparemos del asunto cuando llegue el septiembre de todas las prisas. O no, porque en esa guerra de los clones nos sabemos perdedores y pagadores de antemano, y nos puede la pereza hasta para indignarnos. Son los efectos del bochorno, y léase la palabra en todos los sentidos.

Charo Alonso / Fotografía: Fernando Sánchez