Miércoles, 23 de octubre de 2019

Un rito dionisíaco

San Roque en Macotera

En no pocas ocasiones, hemos visitado Macotera, uno de los pueblos salmantinos con mayor personalidad; en una ocasión –en que tratábamos de indagar en la antigua artesanía textil, fruto de la cual son esas colchas decoradas, tan hermosas, que recuerdan a esa labor morisca, de que hablan los antiguos documentos– de la mano de nuestro amigo el investigador Timi Cuesta. Pero nunca, hasta el pasado jueves, habíamos logrado asistir a su fiesta patronal en honor de San Roque.

La experiencia fue sorprendente. Aparte del bullicio humano, de los restos del hedor alcohólico de la batalla de las horas nocturnas (que no nos gusta en absoluto), por el que estaba tomada la plaza, el rito central de esta fiesta patronal en honor de uno de los santos (con San Sebastián) protectores de la peste, como es el francés San Roque, nos pareció fascinante.

Se nos impuso, desde que comenzamos a contemplarlo, nada más salir la imagen del santo en andas de la iglesia, tras la misa mayor y solemne, acompañado por la de la Virgen de la Encina, la patrona del pueblo, la imagen o visión de un rito dionisíaco.

Friedrich Nietzsche estableció, de modo genial y definitivo, la distinción entre lo apolíneo y lo dionisíaco, en su obra sobre la tragedia griega, un arquetipo dual que define lo humano en tantos aspectos. Lo apolíneo estaría marcado por lo sereno, lo equilibrado y lo estático, frente a lo apolíneo que sería un rasgo pasional y dinámico de la conducta humana.

Pues bien, en Macotera, nada más que salió la imagen vestida (popular y hasta rústica, fuera de cualquier excelsitud artística) del santo en andas, desde la iglesia a la plaza, vecinos y vecinas, ante ella, comenzaron a bailar de un modo entregado y desinhibido, un baile tradicional –a ritmo de toque de dulzaina, tambor y redoblante– que mantenía a hombres y mujeres, jóvenes y adolescentes… y hasta algún niño, en una rítmica corporal bellísima, con los brazos levantados y moviéndose vitalmente, a modo de una presentación del propio ser ante la imagen sagrada, que causaba asombro.

¿Qué significa un rito como este, en el que en santo, en procesión y bailado él mismo en sus andas por quienes lo portan, recorre el pueblo toda la tarde, desde la una hasta las siete o las ocho? Indudablemente, estamos ante un rito de vinculación del ser humano a lo sagrado. También, por las fechas en que se celebra, –mediados de agosto, fiesta de la cosecha– es un indudable rito de fertilidad, el movimiento del baile así lo corrobora, y diríamos más –pues tenemos entendido que antes solo eran los hombres y mozos quienes bailaban ante el santo–, estamos ante un rito de reclamar de lo sagrado y de tratar de propiciar la fecundidad humana, para que la vida de la especie continúe.

El pasado jueves, 16 de agosto, tuvimos el privilegio de presenciar un rito dionisíaco, en el mundo rural salmantino. Macotera es un pueblo que conserva, ¡aún!, algunos restos significativos de una arquitectura popular muy perdida, con robustos dinteles de piedra llenos de inscripciones e imágenes, con casas de trazas mudéjares, en algunas de cuyas paredes se ven aún azulejos del Santísimo Sacramento, y en algunas de cuyas puertas hay hermosas bocallaves labradas por herreros (una, en concreto, con algunas de las “arma Christi” de la Pasión). Macotera es un pueblo en el que se perciben no pocas huellas de una antigua identidad campesina de la que se tendría que seguir guardando memoria.

El rito dionisíaco de sus fiestas patronales nos ha parecido una de esas huellas hermosas que la cultura campesina ha creado tradicionalmente para mostrar el modo     –respetuoso, pero también vitalista, y siempre vinculado con lo sagrado– de estar en el mundo de sus gentes. Todo un privilegio.