Viernes, 19 de octubre de 2018

Victimario

“Cuando vivías, eras
un extraño”.

JOSÉ HIERRO, “Remordimiento”, en Cuanto sé de mí (1957)
 

No serán estas líneas las que ahorren ni un solo abrazo a las víctimas del terrorismo, de las guerras y de todas las injusticias y aberraciones que, como escoria de la convivencia, ahogan la calma en el mundo, niegan la felicidad a las personas y empobrecen la esperanza de los pueblos. Y no será quien estos párrafos firma el que regatee el mínimo reconocimiento a la tragedia de los que sufrieron y sufren de modo directo las consecuencias del terrorismo, de la barbarie, la irracionalidad, la injusticia, la crueldad, la desigualdad o el odio, verdaderas causas de la inhumanidad que cristaliza en bombas, disparos, hambre o miseria, origen o efecto siempre, o casi siempre, de la guerra y el terror.

En España, un país largamente golpeado por la guerra y por el terrorismo, el reconocimiento político a las víctimas se ha convertido, sin embargo, en moneda de cambio de un juego partidista innoble que desde hace décadas arroja a la cara del adversario la sucia letanía de la diferenciación entre víctimas propias y víctimas ajenas. El rasgo de cainismo y el insondable rencor con que en este país se juzga a cada muerto del terror y la barbarie, como pidiéndole explicaciones del porqué de su condición de víctima o la razón de su derecho a morir y por qué causa, ha impedido el desarrollo de la limpia convivencia y está lastrando el crecimiento de una democracia igualitaria, porque sus cimientos se asientan en categorías como la victoria y la derrota, vencedores y vencidos, ángeles y demonios que generan etiquetas de buenos y malos que aún sostienen demasiadas columnas del poder, inscritas en no pocos frontispicios oficiales.

El recuerdo del indigno trato otorgado a las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, que en la investigación parlamentaria recibieron insultos, menosprecios e inaceptables desplantes; la pretensión de igualar jurídica y moralmente agresores y agredidos; las dificultades que para el reconocimiento y recuperación de restos humanos todavía encuentran los familiares de los asesinados y represaliados durante la guerra civil y la dictadura franquista; los incomprensibles homenajes populares a asesinos sangrientos; la doble vara de medir en todo, la ceguera selectiva, el prejuicio y el rencor; la utilización partidista de algunas asociaciones de víctimas del terrorismo etarra, y el enfrentamiento que se provoca entre ellas; la resistencia a la eliminación de los homenajes a los asesinos franquistas; la parcialidad de Dios y la absolución del indigno; la imposibilidad de un tributo general ciudadano a las víctimas del terrorismo yihadista de Barcelona y Cambrils o el ninguneo y menosprecios a la asociación de víctimas de los atentados de Atocha del 11 de marzo...  Por no hablar del menosprecio a las víctimas del escalofriante machismo de este país, que se sustancia en ridículas condenas a los agresores, falta de rechazo social del maltratador o ninguneo de las maltratadas...; o la aporofobia con las víctimas de la usura bancaria y financiera que chapotean en la miseria y se ahogan en la exclusión y trampean el hambre y el sufrimiento; o las jóvenes víctimas, alcoholizadas y ensordecidas, del cercenamiento del futuro, de la esperanza y del horizonte...

Víctimas. Víctimas también del impudor de la falsa pena y la espectacularización de su dolor. Víctimas a las que quiere pasárseles la mano por la espalda un día de aniversario, una jornada mundial o una fecha acordada, con remarque de efemérides, poemas, portadas, tributos, flores y violoncelos, pero que luego son olvidadas, o utilizadas, o enfrentadas, o manoseadas en la tribuna, el discurso, el programa o la declaración. Víctimas que hunden la vida de unos y arreglan la vida de otros. Victimización permanente del odio. Victimario de alfombras y moquetas y presidencias y ayes como letanías. Víctimas también en un barco de refugiados que no encuentra puerto, sedientas y encaramadas a una valla de cuchillos o huyendo de un país crisol de intereses ajenos que provoca guerras y exilio y hambre y muerte y desolación... Víctimas-número, víctimas-foto, víctimas-coartada... Víctimas que callan y que gritan, que odian y perdonan, que viven y que mueren en un mundo de rostros, banderas, gestos, zancadillas, números, editoriales, abrazos, porcentajes, lágrimas, desprecios, besos, insultos, verdades a medias y mentiras enteras. Víctimas. Todas. Cada una.