Miércoles, 26 de febrero de 2020

Santa María de los veraneantes

Hasta la Catedral Nueva de Salamanca está acogida a la advocación de la Asunción de Nuestra Señora

Quizá sea esta fiesta de la Asunción de Nuestra Señora la que en más pueblos y parroquias se celebre, no sólo como fiesta común a toda la Iglesia, sino como fiesta titular o patronal reconocida y celebrada por todos los fieles cristianos de una comunidad. Y no sólo por los lugareños, sino también por multitud de allegados, originarios del mismo lugar pero actualmente residentes fuera, y que tornan durante las vacaciones de verano para recordar a sus ancestros y revivir sus tradiciones seculares y religiosas. A ellos se añaden otros muchos invitados, familiares o amigos, que se unen al sentido festivo y a la amistad o renacimiento de los lazos familiares.

Podríamos mencionar aquí multitud de lugares donde la Virgen de agosto viene a ser la titular del lugar y de su iglesia parroquial, o de alguna de las ermitas secundarias, como es el caso de la de Linares de Riofrío. También es el título de iglesias de la máxima dignidad, como es el caso de la Catedral Nueva de Salamanca, que está cobijada bajo la denominación de la Asunción de Nuestra Señora.

Aunque la mayoría son lugares normales o secundarios, hay otros que son más notables y conocidos, algunos de tanta resonancia como lo es el rito del Ofertorio (15 de agosto) o de la Loa (especie de auto sacramental participado por todo el pueblo, el 16 de agosto) en honor de Nuestra Señora, en el pueblo serrano y salmantino de La Alberca. Pero igualmente hay que señalar títulos secundarios o derivados de esta misma fiesta de la Asunción de la Virgen. Tal es el caso de la Virgen de los Reyes en Sevilla, o de la Virgen de la Paloma en Madrid.

En muchos lugares no tiene esta fiesta de agosto mayor relevancia, aparte de ser fiesta común y general de la cristiandad. Pero al ser fiesta general y laboral, se aprovecha la circunstancia del verano para que puedan unirse todos los familiares o veraneantes que se acercan a pasar sus días de descaso, retomando sus tradiciones de origen o uniéndose a los locales para resaltar, junto con ellos, la fiesta de la Santa Virgen, y participando de algún modo de la grandeza de su triunfo, que la ha hecho llegar al gozo de la gloria con toda su persona, cuerpo y espíritu, como fruto de haber sido liberada de todo pecado, incluido el pecado original.

Nos alegramos y nos gozamos por reconocer que, si ella ha podido conseguir la exaltación de toda su persona, con inclusión de su propio cuerpo, también nosotros tenemos esperanza de participar un día de su misma gloria, cuando llegue el momento de nuestra resurrección, junto con el triunfo de Jesús y su Madre sobre el pecado y la muerte. Así lo creemos, lo confesamos y lo esperamos los cristianos.

Con razón se puede celebrar esta fiesta veraniega revestida de toda la solemnidad y la alegría de las que somos capaces. Así ocurre en la localidad de Lumbrales, de la zona salmantina del Abadengo. O en la parroquia de Ahigal de los Aceiteros, perteneciente al mismo Abadengo.

En esta última localidad, he podido gozar de la celebración de la fiesta de la Asunción, con una solemne eucaristía a las doce del mediodía, o una no menos solemne procesión con la imagen de la Virgen por las calles tradicionales del lugar, recitando el Rosario a Nuestra Señora y adornándolo con cantos populares dedicados a la misma Señora.

Las celebraciones religiosas se completan, tanto en Lumbrales como en Ahigal, con cenas o meriendas propias de las abundantes peñas festivas de todas las edades y colores. Y hasta con bailes tradicionales y sesiones de toros o novillos, de mayor o menor trapío, según las posibilidades dinerarias o la participación de toreros o novilleros profesionales, o de aficionados del propio lugar que se atreven a ponerse delante de las vaquillas, y quizá de practicar algún pase de capa, muleta o paño con que poder engañar al animal que se presupone más o menos bravo.

Bien por las fiestas de tantos lugares. Bien por la participación de los que aprovechan el verano para revivir o renovar sus ancestrales tradiciones. Bien, sobre todo, por el triunfo de Nuestra Señora, que acoge bajo los pliegues de su manto a todos los hijos que acuden a ella. Asunción y triunfo de todos los locales y los veraneantes.