Fidel, morado pasión

Esta mañana, a las seis y media, arriba. Había quedado a las siete de la mañana con Gustavo, un amigo argentino que quería conocer los encierros sanroqueños de Macotera. Fue emocionante. Cogidas varias, alguna me temo que grave porque un cabestro impresionante tuvo memoria de bravo y arrimaba peligrosamente y con saña a las tablas.

 En Macotera no han salido toreros, profundo misterio aún por descifrar, porque simiente, haberla ¡vaya si la hay!. Afición de sobra. Pero cuando la cosa tiene necesidad de pasar a mayores….algo falla.

 El que no falla todos los años es Fidel. Pero le he visto ya un tanto desanimado, como desvaído. Y sobre todo desnaturalizado. Ayer le vi con una camiseta medio anaranjada, medio rosa. Una camiseta de peña (¡por Dios Fidel!) Y se me cayó el mito, porque para mí Fidel era un mito. El conquistador del más alto castillo de los miedos. Porque Fidel, con su capote, le daba fiesta de salida a todos los novillos con una hacendosa energía que levantaba, como un resorte, los primeros olés calenturientos de los tendidos, mañaneros o tarderos, en esta Macotera de puro color de agosto y olorosa miés de quieta y plácida llanura; que lo mismo se aplicaba Fidel en el encierro que en la capea vespertina.

 Pero Fidel ya no es Fidel, que ya no viste la camisa morada, de nazareno pasión, por el toro y la enervante electricidad que lo alumbra. O si es Fidel. No lo sé, cuando yo era chaval, año tras otro, San Roque tras San Roque, Fidel era mi enigma más inquietante. El oficiante primero de la ceremonia y el que vencía con más coraje el miedo al vendaval negro. Ayer, cuando le vi con esa vulgar camiseta de peña jaranera me dije: “es verdad, los tiempos están cambiando”.